La dimensión paralela de la calma

Estoy escribiendo esto a unos 20 días antes de cumplir mis primeros 2000 kilómetros rodados en bicicleta, también estoy a unos 30 días de cumplir el primer año moviéndome en este medio de transporte. No puedo quedarme con todas las experiencias sin contárselas a alguien más para que le sirva de inspiración, como tip ó de plano para que le dé más miedo.

Hay un montón de detalles que he guardado y no he contado, podría ser por ser muy pequeños e "insignificantes"; no importa, hoy haré la excepción. Quisiera comenzar con los aromas, unos desagradables, otros apenas perceptibles, algunos más agradables y otros antojables, no puede faltar nunca en una ciudad el olor a aguas negras, saliendo de alguna alcantarilla pero metros después un emanante y contrastante olor de naranjos a lo largo de alguna calle por la mañana; hay también una tortillería en mi trayecto, en donde a tempranas horas ya están amasando los primeros kilos, he pensado en detenerme y comprar una para comerla con un poco de sal, no sé, simplemente me dan ganas pero no lo he hecho, el humo de los camiones no puede faltar, pero la brisa de las calles no congestionadas me refrescan nuevamente, el aroma a pizza de un pequeño restaurante de comida italiana, aunque eso ya por las tardes. Me he parado a ver a detalle espectaculos enmedio de una ciudad llena de asfalto, autos y edificios, el que más me ha impresionado es un arcoiris de 180 grados, fenomenal, estupendo; amaneceres dorados con el sol aún en el horizonte, el viento soplando en mi cara, también la lluvia, el polvo, el aroma a tierra mojada, el olor de los lixiviados emanando desde los charcos pestilentes que dejan los camiones de basura a su paso, y como olvidar ese aroma a aceite rancio que circula por el aire de vez en vez, el cuál me hace recordar los viajes a Guadalajara que hacía en mi infancia. Lo que no dejo de recibir ningún día, son las miradas; desde los camiones urbanos, automovilistas, peatones y también otros ciclistas; no ha de ser común ver a una persona vestida con prendas de oficina con un casco y subido en una bicicleta; el día que esas miradas ya no sean comunes será el día en que una persona subida en una bicicleta con vestimenta de oficina también sea cosa común.
Y que decir de las manos heladas, las mejillas acartonadas por el frío en época invernal, hay fríos sabrosos, y fríos recalcitrantes que llegan a los huesos. Mañanas húmedas y frías, húmedas y frescas, mañanas simplemente frescas.
Si un día me dan ganas, puedo cambiar la ruta a mi antojo, y puedo aprovechar a mi favor el ritmo de velocidad que lleve, aquí un ejemplo, si hace mucho frío pedaleo más rápidamente para que se me quite, así que por deducción entre más frío haga (más ausencia de calor) más rápido llego a mi destino. Y que decir de los sonidos, las aves en los árboles, el cláxon de los autos, el viento en los oídos, sirenas, y cuando el nivel de ruido es muy bajo incluso escucho la cadena de la bici girando a través de los engranes y las fricción de las ruedas con el pavimento.
En general se tienen que poner alerta todos los sentidos, vista, oido, olfato, tacto, y gusto (cuando por alguna razón te llega una bocanada de tierra), pedalear me hace sentir más vivo, aunque también hay que tener suficiente pericia, manejar a la preventiva, adelantarse y anticipar los movimientos de todos los elementos que puede haber en la vía pública, niños, autos, semáforos, peatones, perros que ladran, calles de 1 sentido de donde pueden salir autos en sentido contrario, automovilistas neuróticos, automovilistas amables, motocicletas, trenes, camiones urbanos, agujeros, alcantarillas, charcos, grava suelta.

Me he vuelto menos enfermizo y delicado después de este largo recorrido, llego con más ánimos a donde vaya, no me preocupa encontrar lugar para estacionarme y los congestionamientos ni me hacen estresar. A veces cruzo mi camino con otros ciclistas que me saludan, otros ni me voltean a ver, pero es un hecho que una vez que se sube uno a la bicicleta aparece como por arte de magia todo ese invisible mundo que pasamos por alto desde los vehículos de cuatro ruedas que nos llevan "aceleradamente" de un lugar a otro.
Los mejores días para andar por la ciudad son sin lugar a dudas los de vacaciones escolares; se nota inmediatamente el cambio drástico de carga vehícular en algunas avenidas, especialmente afuera de las escuelas por las que paso, y que decir de los días de influenza, era una maravilla la ciudad; simplemente perfecta para las bicis. Ya no batallo con esos choferes de camión que no se detienen al hacerles la parada, y tampoco con el abarrote encima de ellos, y que decir del trato que le dan al usuario. Feliz feliz de no vivir con esos males.

Según mis datos de worldcommute.com en los últimos 185 días (a partir de este punto empecé a registrar mis kilómetros) me trasladé a lo largo de 2,262kms, no quemé 224 litros de gasolina, ahorré alrededor de $1600 pesos en puro consumo de combustible y dejé de emitir 519 kilogramos de carbono a la atmósfera.
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