Nuevos ritmos para una nueva vida

No es novedad para muchos mi situación familiar. En pocas palabras: estoy en proceso de divorcio. Mi vida ha cambiado dramáticamente, aunque, cuando lo pienso con calma, este evento ha sido uno de los más relevantes y dolorosos de mi vida.

Tengo 46 años. La mitad de ellos los viví sin ella, y la otra mitad con ella. Dicho así, suena sencillo, pero no lo es. No es un cambio menor. Es como frenar en seco, cambiar de velocidad y modificar por completo la dinámica de la vida cotidiana. Especialmente ahora que toca vivir compartiendo la custodia de mis hijos.

Mis hijos, de alguna manera, ahora son visitantes. Ya no son esos seres presentes que estaban ahí cada vez que yo llegaba a casa; esos niños a quienes había que atender, prepararles comida, acompañar, escuchar, jugar con ellos o simplemente platicar un rato. Ahora yo soy el único habitante permanente del lugar donde vivo.

No voy a negar que me siento triste. Pero la vida continúa. A este punto llegué por mis propias decisiones, y de aquí también me voy a sacar del mismo modo.

Una de las formas en las que estoy intentando hacerlo es retomando oficialmente el aprendizaje del idioma. Es decir, asistiendo a clases dos veces por semana, dos horas cada día. A mí siempre me ha gustado dedicar las mañanas a las actividades que requieren mayor concentración, porque es cuando me siento más atento y más abierto a recibir nuevos conocimientos. Sin embargo, entre la rutina de trabajo y el ejercicio, eso no siempre es posible.

Por suerte, pude decidir tomar clases en línea y evitarme también el traslado al lugar de estudio. Así que, de 19:00 a 21:00 horas, paso ese tiempo con el profesor y otro compañero de clase.

Es curioso que haya dejado el estudio del idioma durante tanto tiempo, viviendo en Alemania. Sí, lo sé: me dormí en mis laureles. El hecho de que hubiera alguien que me resolviera esa parte hizo que relajara mis propias exigencias. Además, Berlín es una ciudad en la que, ante la menor dificultad para hablar alemán, muchas veces la conversación cambia al inglés. Incluso me ha tocado que algunas personas cambien al español, aunque parezca raro.

Con esto no quiero decir que esas hayan sido las razones por las que estoy en la situación en la que estoy. Hoy estoy más consciente que nunca de que somos arquitectos de nuestro propio destino. Mi falta de disciplina me llevó a este momento de aprendizaje acelerado, en el que necesito cumplir con ese último requisito para poder naturalizarme.

¿Y cuál es la urgencia?, se preguntarán algunos.

La respuesta es simple: quiero estar cerca de mis hijos. Quiero quitarme de encima el peso de vivir pensando que, si pierdo mi empleo; porque, por muy capaz o inteligente que uno sea, eso puede pasar, o si mis hijos llegan a la mayoría de edad y yo no tengo una razón válida para permanecer aquí, simplemente tendría que irme de este país.

Aunque tenga residencia permanente, esa idea sigue ahí. Es el tipo de pensamiento que, día tras día, te va quitando energía; energía que podrías usar en muchas otras cosas.

Así fue como llegué a este nuevo ritmo de vida. Un ritmo que, por suerte, es temporal. Una vez que complete el proceso y obtenga mis papeles del idioma, podré dedicarme con mayor calma a otras actividades.

Por ahora, en el tiempo libre que me queda, ya tengo algunas. Especialmente en lo musical.

Como muchos saben, desde hace un tiempo me entró esta obsesión por nuestra música regional mexicana. Hace unos meses hice el esfuerzo de traerme un bajo quinto desde México para tocar con un músico que ya está establecido aquí en Berlín con su agrupación norteña.

En teoría, existía una especie de invitación para que nos agrupáramos, pero pasaron al menos cuatro meses y nunca recibí tal convocatoria. Hasta esta última semana, cuando me sorprendió un mensaje suyo para grabar un bajo quinto en una canción.

Lo que me causa extrañeza es que ni siquiera he ensayado con él en persona. Lo poco que conoce de mis interpretaciones viene de los videos que publico en redes sociales sobre mis ensayos. Pero, de cualquier modo, ahí estaré si necesita mi interpretación o el sonido del bajo quinto.

Ya me compartió la melodía y debo decir que está relativamente sencilla, salvo por algunos acordes menores.

La melodía va así: G-D7, y después C-D7-G-Bm-Em. Los acordes que más trabajo me cuestan son Bm y Em. Tengo la teoría de que quizá los estoy haciendo mal, o que existen formas alternativas de tocarlos, o simplemente que me hace falta más práctica.

Así que en eso estoy: practicando. No hay de otra. Como en casi todo en la vida.

Ah, y cómo olvidar las lecciones de bachata a las que también me he animado a ir. Una o dos horas a la semana, los miércoles. Pero los detalles de eso los dejaré para otra publicación.

Se terminó un proyecto de 23 años

Después de todo este tiempo, es difícil describir lo que se siente: los vacíos que quedan, las heridas que aún duelen, las cicatrices. Media vida se me fue de las manos en un proyecto que ya estaba destinado al fracaso desde el inicio.

23 años de vivencias

23 años de dolores

23 años de gozos

23 años de logros

23 años de fracasos

Se terminó...

Y ahora solo queda voltear hacia adelante, salvar el poco tiempo de vida que me queda, vivirlo y disfrutarlo. Lo que sucedió no va a recuperarse; lo que venga de aquí en adelante está en mis manos.

Mientras todo encuentra su lugar

Hace tiempo que este blog dejó de ser el lugar al que venía a desbordarme. Hubo una época en que escribir en internet se parecía a abrir una ventana: dejar pasar la voz, el pensamiento, las preguntas que todavía no tenían forma. En aquellos años, un espacio así era también una manera de acompañarse a uno mismo.

Aun así, de vez en cuando regreso. Vuelvo a estas líneas como quien vuelve a una habitación antigua: no para quedarse en ella, sino para encender una luz y reconocer lo que el tiempo ha dejado. Durante más de dos décadas, este sitio ha sido testigo silencioso de mis cambios, de las estaciones que me han atravesado, de todo aquello que, de una forma u otra, me ha ido transformando.

Cuando miro hacia atrás, encuentro versiones de mí que apenas reconozco. No me resultan extrañas, pero sí lejanas, como si hubieran vivido bajo otra luz. Y, sin embargo, sé que fui ese. Sé que cada etapa dejó una marca, una enseñanza, una forma distinta de entender el mundo. Vivir, al final, también consiste en aprender a convivir con esas transformaciones.

Hay momentos que no hacen ruido hacia afuera, pero por dentro lo mueven todo. Etapas que obligan a detenerse, a mirar con más cuidado, a aceptar que incluso lo más conocido cambia de forma. Este es uno de esos momentos. No hace falta nombrarlo demasiado para sentir su peso.

Escribir aquí no busca explicar ni justificar nada. Tampoco busca señalar a nadie. Es, más bien, una forma de darle cauce a lo que a veces queda suspendido por dentro: pensamientos que no encuentran sitio, emociones que no siempre saben cómo decirse, silencios que también necesitan una orilla. A veces, poner palabras sobre la página no aclara el camino, pero sí vuelve más habitable el tránsito.

Con los años, uno entiende que la vida está hecha de ciclos: aperturas y cierres, certezas que duran poco, preguntas que permanecen más de lo esperado. También aprende que no todo cambio debe convertirse en relato completo. Hay procesos que se honran mejor desde la reserva, desde una intimidad serena, desde ese espacio donde las cosas todavía están encontrando su forma.

Quizá por eso escribo hoy: no para ofrecer respuestas, sino para dejar constancia de un movimiento interior. De una pausa. De una transición. De ese instante en que algo termina de acomodarse mientras otra cosa, todavía sin nombre, empieza a nacer.

Y si algo he aprendido en el paso del tiempo, es que incluso en medio de la incertidumbre hay una forma de claridad: la de seguir adelante con honestidad, con paciencia, y con la disposición de escuchar lo que la vida va diciendo a su manera, casi siempre en voz baja.

Dos piezas sobre la mesa

Dos piezas sobre la mesa,
sin villanos ni coronas,
sin la épica fácil del “tú” contra “yo”,
solo el crujido paciente
de un encaje que no existía.

Intentamos ser puente
con tablas de voluntad,
con clavos de promesas,
con esa fe luminosa
que traen la ilusión y la sangre
cuando todavía todo parece posible.

Hubo amor —sí—,
hubo ternura verdadera,
hubo cuidado en los gestos pequeños
y en las noches donde el mundo se callaba.
Yo sé que me amaste,
yo sé que te amé.
Eso no se desmiente
aunque se rompa el mapa.

Pero una planta no vive de deseo,
ni de buenos propósitos,
ni de la esperanza como agua prestada:
si el suelo no la sostiene,
si la raíz no encuentra casa,
se apaga sin culpa,
con una tristeza limpia,
sin sentencia.

Y nosotros, por años,
fuimos esa planta
empujando hojas hacia la luz,
agotando la energía que la mantenía en pie,
posponiendo lo estructural,
como quien barre el polvo
para no ver la grieta.

No hay ganadores.
No hay perdedores.
Solo dos formas distintas
de habitar la vida,
dos ritmos que no aprendieron
a hacer música juntos.

Hoy cierro el libro
sin rencor y sin enojo,
con la gratitud serena
de lo que fue real.
Gracias por los años,
por lo que intentamos,
por lo que nos dimos
aun en medio del ruido.

Hasta aquí llega la última página.
Este fue nuestro último aliento.
Y en el silencio que queda
no hay odio:
hay una puerta que se cierra despacio,
y la dignidad de aceptar
que a veces el amor existe
y aun así
no alcanza para quedarse.