El que busca calor

Hay viajes que no empiezan en el mapa,

sino en el frío que se instala en el pecho.


Hay casas con todas las ventanas cerradas

aunque las luces sigan encendidas.


Hay voces que hablan fuerte

pero no dicen el nombre de uno.


Hay brazos que se abren al mundo entero

y se olvidan del cuerpo que duermen a su lado.


Hay pasos que suenan como un grito

y nadie pregunta qué duele.


Hay hombres que un día fueron trueno,

y en silencio se convierten en sombra,

solo para no molestar al relámpago.


Hay quien intenta un baile

y descubre que el suelo también juzga.


Hay corazones que se quedan a vivir

donde jamás los han invitado.


Y hay una verdad que se guarda como última defensa:


el fuego que arde para calentar a todos,

también merece una llama que lo abrace.

El viaje y el fin del asombro

A veces, cuando me vuela la cabeza por las ideas que pasan como cometas por mi mente, me detengo a pensar en los viajes. Porque uno viaja —sí, como persona— hacia otros lugares, y con cada paso que damos fuera de lo conocido, se abre una ventana al asombro… o al menos así solía ser.

El viaje, en sus inicios, era una promesa de lo desconocido. Un acto de fe, de riesgo, de curiosidad desnuda. Esa sed insaciable de descubrir lo que no se ha probado, de sentir climas nuevos, formas nuevas, curvas nuevas… Lo humano en su versión más primitiva y poderosa: el deseo de saber qué hay más allá.

Hoy, sin embargo, el viaje ha cambiado de rostro. Ya no es ese acto místico de salir al mundo con la incertidumbre colgada del alma. Hoy, el viaje se ha vuelto industria. Una industria pulida, rentable, predecible. Se llama turismo, y no siempre tiene corazón.

Pienso en quienes viajaban siglos atrás. Ciudadanos de 1700 o 1800 que partían hacia lo remoto sin saber si regresarían. Se iban con cartas, con aromas de casa guardados entre telas, con lágrimas que no sabían si serían las últimas. Volvían —si volvían— diez años después, llenos de historias, de sabores, de silencios.

Hoy, viajamos en horas. Cruzamos continentes en un parpadeo. La distancia se ha encogido tanto que ya no es distancia, es logística. Y sí, eso tiene sus ventajas: migrar sin decir adiós para siempre, saber que un boleto de avión es el único puente que nos separa de lo que extrañamos.

Pero… ¿dónde quedó el asombro?

Ese estremecimiento de pisar tierra nueva, de escuchar una lengua que no se entiende, de no saber cómo se come, cómo se saluda, cómo se ama en otro rincón del mundo.

Siento que el mundo se volvió pequeño. Tan pequeño que, a veces, ni lo miramos. Vamos a otros países y comemos lo mismo. Nos tomamos fotos frente a paisajes que no exploramos. Visitamos culturas sin escucharlas. Viajamos para decir que viajamos, no para descubrir.

Y está bien. Cada quien elige cómo y por qué moverse. Pero a mí, lo que me explota la cabeza —lo que me aprieta el pecho— es la desaparición del factor sorpresa. Ese que te hacía sentir que todo podía pasar. Ese que te empujaba a cruzar el umbral sin mapa.

Viajar, hoy, es más fácil. Más inmediato. Más cómodo. Pero a veces… también más vacío.

Hace años muchos años que no corría un medio maratón. El pasado 6 de Abril lo hice y acompañado

Tenía miedo, no había corrido fondos desde hace un tiempo, also así de mas de 10 años. Mi entrenamiento fué de escasas tres semanas y mi distancia más larga fue de 14kms previo al evento. Ni que decir de que el cuerpo no es el mismo a los 35 que a los 45. Sin embargo y a pesar de mis limitaciones mentales se logró correr el medio maratón de Berlin. Clima fabuloso no tan frío, buena organización, suficiente hidratación y bebidas a lo largo del recorrido. Solo los primeros 10km que la pasé buscando un baño por que mi vejiga estaba llena y el resto pude disfrutarlo. 


 




Me puse a pensar en esto

Estaba reflexionando, así de repente, sobre algo que me ha venido rondando la cabeza. Pensaba en lo que ha pasado en estos años, en lo que me ha tocado vivir. Yo nací en 1979, y desde esa época hasta ahora he notado algo que no deja de llamarme la atención.

Hubo una generación antes de la mía —la de los 60’s y 70’s— que tuvo unos movimientos antitodo muy fuertes. Era gente que iba contra todo lo establecido, que cuestionaba el sistema con fuerza, con ganas, con música, con ideas. Y yo, en mis 45 años de vida, no he visto que eso se repita. O al menos esa es la impresión que tengo.

Pienso, por ejemplo, en esa ola musical que surgió en los 60’s, con los Beatles, con Frank Zappa, con toda esa vibra hippie que tenía un mensaje claro: esto que hay no nos gusta, y vamos a decirlo. Todo era contracultura, era hacerle frente a lo que estaba impuesto.

Después vinieron otras ondas, como el punk o el heavy metal, que también traían esa carga de rabia, de inconformidad. Y sí, el metal ahí quedó, pero ahora es casi música de viejitos. El punk también se quedó como algo de gente ya grande. Se volvió parte del pasado.

Y de ahí en adelante, no he sentido que haya habido nada así. He tratado de hacer memoria, de recordar si en algún momento apareció una nueva ola musical con ese mismo espíritu de rebeldía, de ir contra el status quo… y no, no me viene nada a la cabeza. No ha pasado, o por lo menos yo no lo he visto.

Y me pregunto si tal vez me perdí de algo. Si hubo algún otro movimiento y simplemente no lo vi. Pero no lo creo. Esos movimientos culturales y sociales ya fueron. No espero que vuelvan ni que sean iguales, pero lo que me llama la atención es que no hubo nada que llegara a reemplazarlos.

El Último Aletazo de la Mariposa (o eso espero)

Solo a mí se me ocurre, o me arriesgo, a tomar esas aventuras que parecen sacadas de un mal guión cinematográfico. Toda la avalancha de sucesos que ha tenido el deshacerme de esa propiedad en México ha sido un efecto mariposa en los últimos meses, del cual espero que este haya sido el último aletazo.

Me remitiré a relatar el último aletazo de la mariposa: la misión, habilitar el token digital de mi banco; el reto, registrar mis biométricos en el banco. Para tal efecto, tuve que hacer un viaje de 10,000 kilómetros al otro lado del mundo para lograrlo.

Todo iba bien el día del registro de biométricos y el token digital. Misión cumplida. Pero, oh, sorpresa: en el camino de regreso me deparaba algo que jamás pasó por mi mente. Tomé el vuelo GDL-MTY sin problemas y dormí en el aeropuerto, en algún piso, con mi súper colchón inflable de acampar.

A estas alturas omitiré mencionar los detalles de por qué ya iba 5000% cansado, y aún faltaba aventura por recorrer.

Continuando con el relato, tomé el vuelo MTY-Miami, desembarqué sin problemas y esperé mi último vuelo, el que me llevaría a mi hogar, al lugar de la buena cerveza, el pan delicioso y el delicioso invierno. Eso último del invierno, por supuesto, era sarcasmo.

Pasé a hacer el check-in en la aerolínea y... oh, oh, señal roja.

Asistente: —Señor, su pasaporte expira en menos de tres meses, por lo que no puede abordar este vuelo.

Aquí es donde comienza lo bueno:

Emerson: —Pero si tengo un permiso de residencia.
Asistente: —Sí, pero su pasaporte expira en menos de tres meses, y no es posible que usted viaje a su destino si este requisito no se cumple.
Emerson: —¡Pero ya he entrado a mi destino con ese mismo pasaporte! Es más, viajé de la UE hacia los EE. UU. con el mismo y me permitieron viajar.
Asistente: —Permítame ir con mi supervisora.

Me pidió mi pasaporte y lo llevó con su supervisora. Ambas empezaron a ver los detalles a lo lejos y a dialogar algo al respecto. Me acerqué a la asistente y su supervisora.

Asistente: —No puede abordar el vuelo ya que su pasaporte expira en menos de tres meses.
Emerson: —Pero si he usado este mismo pasaporte para abordar desde la UE a los Estados Unidos.
Asistente: —Lo siento, pero no se puede. Envíe un correo a soporte de nuestra aerolínea, ya que no hay servicio telefónico, y exponga su caso.

En ese momento busqué ayuda de muchos lados. Era domingo y todos dormían del otro lado del mundo. Liss me apoyó en contactar a la embajada de México, ya que yo no podía hacer mucho, pues estaba con comunicación limitada, sin datos móviles y con la Wi-Fi del aeropuerto que expiraba cada 30 minutos.

Resultó que terminé comprando un vuelo para volver a México y renovar mi pasaporte de urgencia. Cosa que tampoco tuvo éxito, ya que hay que hacer un pago de derechos en el banco, y, oh, casualidad: los bancos no abren los domingos.

Jugué mi última carta: intentar comprar un vuelo directo desde CDMX hacia Frankfurt.

Era muy temprano del domingo en CDMX y tuve que trasladarme de la Terminal 2 hacia la Terminal 1. No llevaba ningún pase de abordar; ahí iba a comprar un nuevo vuelo. Tampoco traía ningún peso mexicano en mi bolsa.


Emerson: —¿Cómo puedo llegar a la terminal 1?
Información: —Si tiene su pase de abordar, puede tomar el tren que lo lleva.
Emerson: —Oh, pero no tengo pase de abordar, apenas iré a comprar mi vuelo.
Información: —Entonces tome el autobús rojo que está aquí afuera del aeropuerto, le cuesta 25 pesos.
Emerson: —Gracias.


Me dirigí entonces a las casas de cambio a deshacerme de las monedas que traía y conseguir esos 25 MXN.

Emerson: —¿Me cambia estos euros, por favor?
Cajera: —Es solo a partir de 100 euros.
Emerson: —Gracias.

Fui a otra casa de cambio.

Emerson: —¿Me cambia estos euros, por favor?
Cajera: —Sí, se los tomo, pero a 15 pesos.

Sentí cómo me reventaba una vena cerebral en ese momento, pero acepté.

Emerson: —Está bien, cambie estas monedas.


Finalmente llegué a la Terminal 1, con toda la ansiedad y nerviosismo de saber si estaba abierta la aerolínea y si me venderían el boleto. Al llegar noté que estaba cerrado y pregunté cuándo abrirían. Lo harían hasta la tarde, como a las 3 PM, así que tuve que deambular por el aeropuerto durante varias horas.

Con una impaciencia que me hacía ver el reloj cada 30 segundos, reflexioné sobre lo horrible que es el sentimiento de no poder estar en tu hogar, lejos de tus seres queridos. Fue una probadita de ese sufrimiento.


Finalmente llegó la hora. Pasé al mostrador para solicitar un boleto directo a Frankfurt.

Los asistentes me comentaron lo de la expiración de mi pasaporte, y les expliqué que tenía un permiso de residencia. Uno de ellos mencionó que podían venderme el boleto, pero que si el sistema no les permitía emitir el pase de abordar, no podrían hacer nada respecto al reembolso.

Internamente sabía que cualquier compra de vuelo es reembolsable si se realiza en las 24 horas siguientes, así que no me preocupé.

Después de varias llamadas telefónicas, algunos malentendidos y precios desajustados, finalmente lograron emitir mi boleto. Cuando me entregaron el pase de abordar, sentí un EUREKA absoluto.

Quería besar a todos. En verdad quería llorar. Bueno, sí lloré un poco, y no me importó.

El resto del viaje no es relevante. Pude volver a mi destino y estar en donde quería quedarme.