Siempre me han interesado los temas de urbanismo. Supongo que tiene que ver tanto con mi forma de pensar como con mi manera de interpretar el mundo: para mí, la dimensión social y humana siempre ha sido más importante que la económica. Y aunque esta última es relevante, no debería estar por encima de lo humano.
En ese contexto, hay un aspecto particularmente interesante en torno a los centros comerciales —los malls o plazas— como espacios urbanos contemporáneos.
Recientemente vi un documental muy interesante (lo dejo aquí embebido) que explica, con gran claridad y buenos argumentos, por qué estos centros funcionan como núcleos sociales y cómo generan dinámicas propias con un impacto significativo en la vida colectiva.
En México, adoptamos el modelo estadounidense de los malls, pero con un giro particular. El documental aborda precisamente esto: las plazas comerciales han terminado funcionando como sustitutos de los espacios públicos, aunque en realidad sean espacios privados. Esto ocurre, en gran medida, porque las condiciones en muchas ciudades del país no son adecuadas para el uso pleno del espacio público.
Los espacios públicos suelen ser deficientes en varios sentidos: seguridad, infraestructura y accesibilidad, entre otros. Frente a esto, las plazas comerciales llenan ese vacío, pero lo hacen desde la iniciativa privada. Ofrecen lugares donde se puede caminar con relativa seguridad, sin el riesgo constante de violencia, sin tener que invadir el arroyo vehicular o lidiar con infraestructura deteriorada. Todo está cuidadosamente diseñado para que las personas puedan permanecer ahí, incluso sin consumir.
Sin embargo, este fenómeno tiene implicaciones importantes. A largo plazo, estas plazas pueden vaciar otros centros urbanos tradicionales, que difícilmente pueden competir con las grandes cadenas y la oferta concentrada de un centro comercial.
Esto me lleva a una idea que constantemente me ronda la cabeza: muchas veces no estamos viendo los efectos inmediatos que estos espacios tienen en nuestra vida cotidiana ni en el desarrollo de la sociedad. Al trasladar funciones propias del espacio público a espacios privados controlados por intereses comerciales, también se desplaza la toma de decisiones colectivas sobre qué tipo de ciudad queremos y qué es lo que más beneficia a la sociedad.
En fin, el documental plantea estas cuestiones con mucha más elocuencia de la que yo podría lograr aquí en unos cuantos minutos. Vale mucho la pena verlo.
Al final, todo esto también nos recuerda algo fundamental: la importancia de las relaciones humanas. De cómo nos encontramos y convivimos con los demás. Porque hay cosas que simplemente no se pueden sustituir —no se pueden comprar en una aplicación— como un paseo, una caminata o un café compartido con alguien más.