Aprender a bailar después de 23 años

Voy a empezar hablando de mis clases de baile. La historia es un poquito larga, porque realmente empieza desde mi infancia, pasa por mi adolescencia, mi vida adulta… y llega hasta ahora.

Cuando yo era niño, finales de los 80 y principios de los 90, el rap estaba en todos lados. Era algo relativamente nuevo y muy presente. Entonces, naturalmente, mis gustos musicales se fueron hacia ese lado. Estaban artistas como MC Hammer o Vanilla Ice, y también cosas más “subterráneas” como Cypress Hill.

Y aunque mucha de esa música no era precisamente para bailar en pareja, a mí lo que me llamaba muchísimo la atención era el breakdance. Se me hacía algo extremo, muy físico, muy difícil. Ver a alguien girar, ponerse de cabeza, cambiar de dirección… todo eso me parecía impresionante. Sentía que necesitabas una habilidad extraordinaria. Y eso era justo lo que me atraía.

Entonces, entre los 8 y los 10, 11 años, eso era lo que intentaba hacer. Bailaba lo que podía: música dance, disco, lo típico de esa época. Nunca nada regional.

Luego viene esa etapa rara, como a los 11 o 12 años, donde uno empieza a cambiar. Y lo digo así, medio en broma pero medio en serio: empecé a “amargarme”. No es que realmente te amargues, pero sí empiezas a adoptar ciertas posturas para encajar en un grupo social. Empiezas a buscar identidad.

En mi caso, mis gustos se volvieron más rock, más punk, más alternativos. Entre más subterráneo, mejor. Eso te daba cierto lugar en esos círculos. Y dentro de esa lógica, bailar ya no tenía sentido. Escuchar salsa, boleros o música tradicional no encajaba. Nada de mariachi, nada de Vicente Fernández. Eso no iba con la “identidad” que estaba construyendo en ese momento. Irónicamente, esa música conecta a muchísima gente, pero yo en ese entonces no me sentía parte de ese mundo.

Y así, simplemente dejé de bailar. No porque no pudiera, sino porque dejé de intentarlo.

En la preparatoria todavía estaban las famosas “tardeadas”. Ahí, de repente, intentaba bailar… pero nunca invitaba a nadie. Me daba pena. Me daba miedo que me rechazaran. Todo ese paquete clásico de inseguridad cuando todavía estás formando tus habilidades sociales. Entonces, poco a poco, dejé de intentarlo por completo.

Después conocí a quien sería mi esposa. A ella le encantaba bailar. Pero me conoció en una etapa muy distinta de mi vida: más cerrada, más “extrema”, donde entre menos emociones mostraras, mejor encajabas en ciertos círculos. Y eso se quedó.

Durante toda la relación, el baile siempre estuvo presente… pero del lado de ella. Incluso ya casados, ella salía a bailar con amigas: salsa, cumbia, rumba. Lo disfrutaba muchísimo. Yo no. Y así pasaron 23 años.

Cuando surgió la oportunidad de movernos a Alemania por mi trabajo, le hice una promesa: que allá iba a aprender a bailar. Lo decía en serio. Estaba convencido. Pero no pasó. La rutina, el trabajo, los hijos… lo típico. No lo hice. Sin muchas vueltas: simplemente no lo hice.

Ahora, con todo el proceso de divorcio, mi vida cambió bastante. Tengo tiempo libre. Espacios en la semana donde no están mis hijos. Momentos vacíos. Y me di cuenta de algo: no puedo quedarme sin hacer nada. Siempre he necesitado hacer algo que me rete mentalmente, que me mantenga activo.

Y el baile empezó a hacer sentido desde ahí.

Empecé clases. Estoy aprendiendo bachata. Y algo que me gusta mucho es que no es solo físico, también es mental. Tienes que poner atención, coordinarte, seguir instrucciones… y además interactuar con otras personas.

La dinámica de la clase es sencilla: el profesor muestra pasos, todos lo seguimos, y luego viene la parte interesante, que es practicar en pareja. Cada 2 o 3 minutos cambias de pareja. Practicas un paso, rotas. Otro paso, otra persona.

Y ahí es donde mi cabeza empieza a trabajar.

Cada persona es distinta. Hay quienes te dejan equivocarte, son más relajadas, fluyen contigo. Y hay quienes te corrigen directamente, te acomodan el brazo o la posición, son más estructuradas. También está el tema del ritmo: hay personas con las que todo fluye, y hay otras donde, aunque ambos estén intentando lo mismo, simplemente no conecta.

Y eso me parece muy interesante.

Porque al final no es solo baile. Es una dinámica de interacción. Adaptarte a alguien nuevo cada pocos minutos, entender cómo se mueve, cómo reacciona, cómo aprende. Y eso inevitablemente te hace pensar en relaciones en general, no solo de baile.

A fin de cuentas, se trata de disfrutarlo. No es competencia. No es perfección. Es pasar un buen rato, moverte, activar la mente, convivir.

Y algo que no esperaba: salir de ahí pensando.

Pensando en las personas, en las dinámicas, en cómo fluye o no fluye algo tan simple como un paso.

Salgo contento.

Y por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy aprendiendo algo que realmente quiero seguir.

Nuevos ritmos para una nueva vida

No es novedad para muchos mi situación familiar. En pocas palabras: estoy en proceso de divorcio. Mi vida ha cambiado dramáticamente, aunque, cuando lo pienso con calma, este evento ha sido uno de los más relevantes y dolorosos de mi vida.

Tengo 46 años. La mitad de ellos los viví sin ella, y la otra mitad con ella. Dicho así, suena sencillo, pero no lo es. No es un cambio menor. Es como frenar en seco, cambiar de velocidad y modificar por completo la dinámica de la vida cotidiana. Especialmente ahora que toca vivir compartiendo la custodia de mis hijos.

Mis hijos, de alguna manera, ahora son visitantes. Ya no son esos seres presentes que estaban ahí cada vez que yo llegaba a casa; esos niños a quienes había que atender, prepararles comida, acompañar, escuchar, jugar con ellos o simplemente platicar un rato. Ahora yo soy el único habitante permanente del lugar donde vivo.

No voy a negar que me siento triste. Pero la vida continúa. A este punto llegué por mis propias decisiones, y de aquí también me voy a sacar del mismo modo.

Una de las formas en las que estoy intentando hacerlo es retomando oficialmente el aprendizaje del idioma. Es decir, asistiendo a clases dos veces por semana, dos horas cada día. A mí siempre me ha gustado dedicar las mañanas a las actividades que requieren mayor concentración, porque es cuando me siento más atento y más abierto a recibir nuevos conocimientos. Sin embargo, entre la rutina de trabajo y el ejercicio, eso no siempre es posible.

Por suerte, pude decidir tomar clases en línea y evitarme también el traslado al lugar de estudio. Así que, de 19:00 a 21:00 horas, paso ese tiempo con el profesor y otro compañero de clase.

Es curioso que haya dejado el estudio del idioma durante tanto tiempo, viviendo en Alemania. Sí, lo sé: me dormí en mis laureles. El hecho de que hubiera alguien que me resolviera esa parte hizo que relajara mis propias exigencias. Además, Berlín es una ciudad en la que, ante la menor dificultad para hablar alemán, muchas veces la conversación cambia al inglés. Incluso me ha tocado que algunas personas cambien al español, aunque parezca raro.

Con esto no quiero decir que esas hayan sido las razones por las que estoy en la situación en la que estoy. Hoy estoy más consciente que nunca de que somos arquitectos de nuestro propio destino. Mi falta de disciplina me llevó a este momento de aprendizaje acelerado, en el que necesito cumplir con ese último requisito para poder naturalizarme.

¿Y cuál es la urgencia?, se preguntarán algunos.

La respuesta es simple: quiero estar cerca de mis hijos. Quiero quitarme de encima el peso de vivir pensando que, si pierdo mi empleo; porque, por muy capaz o inteligente que uno sea, eso puede pasar, o si mis hijos llegan a la mayoría de edad y yo no tengo una razón válida para permanecer aquí, simplemente tendría que irme de este país.

Aunque tenga residencia permanente, esa idea sigue ahí. Es el tipo de pensamiento que, día tras día, te va quitando energía; energía que podrías usar en muchas otras cosas.

Así fue como llegué a este nuevo ritmo de vida. Un ritmo que, por suerte, es temporal. Una vez que complete el proceso y obtenga mis papeles del idioma, podré dedicarme con mayor calma a otras actividades.

Por ahora, en el tiempo libre que me queda, ya tengo algunas. Especialmente en lo musical.

Como muchos saben, desde hace un tiempo me entró esta obsesión por nuestra música regional mexicana. Hace unos meses hice el esfuerzo de traerme un bajo quinto desde México para tocar con un músico que ya está establecido aquí en Berlín con su agrupación norteña.

En teoría, existía una especie de invitación para que nos agrupáramos, pero pasaron al menos cuatro meses y nunca recibí tal convocatoria. Hasta esta última semana, cuando me sorprendió un mensaje suyo para grabar un bajo quinto en una canción.

Lo que me causa extrañeza es que ni siquiera he ensayado con él en persona. Lo poco que conoce de mis interpretaciones viene de los videos que publico en redes sociales sobre mis ensayos. Pero, de cualquier modo, ahí estaré si necesita mi interpretación o el sonido del bajo quinto.

Ya me compartió la melodía y debo decir que está relativamente sencilla, salvo por algunos acordes menores.

La melodía va así: G-D7, y después C-D7-G-Bm-Em. Los acordes que más trabajo me cuestan son Bm y Em. Tengo la teoría de que quizá los estoy haciendo mal, o que existen formas alternativas de tocarlos, o simplemente que me hace falta más práctica.

Así que en eso estoy: practicando. No hay de otra. Como en casi todo en la vida.

Ah, y cómo olvidar las lecciones de bachata a las que también me he animado a ir. Una o dos horas a la semana, los miércoles. Pero los detalles de eso los dejaré para otra publicación.

Se terminó un proyecto de 23 años

Después de todo este tiempo, es difícil describir lo que se siente: los vacíos que quedan, las heridas que aún duelen, las cicatrices. Media vida se me fue de las manos en un proyecto que ya estaba destinado al fracaso desde el inicio.

23 años de vivencias

23 años de dolores

23 años de gozos

23 años de logros

23 años de fracasos

Se terminó...

Y ahora solo queda voltear hacia adelante, salvar el poco tiempo de vida que me queda, vivirlo y disfrutarlo. Lo que sucedió no va a recuperarse; lo que venga de aquí en adelante está en mis manos.