Debut en el pádel

De nuevo con una actividad nueva. Bueno, tampoco es tan novedosa, pero sí era la primera vez que la intentaba. Unos compañeros del trabajo me invitaron a jugar pádel. Había escuchado mucho sobre este deporte, aunque para mí sigue siendo relativamente nuevo; creo que hace apenas dos o tres años fue cuando supe que existía.

Fuimos un lunes muy temprano por la mañana. Todo esto fue después del partido de México, que por cierto, según me contaron, jugaron muy bien. El partido era a las tres de la mañana, así que preferí no desvelarme viéndolo para poder levantarme temprano e ir a jugar.

Quedamos de vernos con algunos compañeros del trabajo en las canchas de pádel que están debajo de la Estación Central. Estuvimos jugando un buen rato y la verdad es que me sorprendió lo divertido que es.

El juego es muy ágil. No necesitas correr tanto como en el frontenis, pero tampoco requiere tanta técnica como el tenis. Siento que está en un punto medio entre ambos deportes. Tiene rebotes, diferentes tipos de golpes y, al jugar con paredes, comparte varios elementos con el frontón. En total jugamos unos cuatro partidos y la pasamos muy bien.

Eso sí, al día siguiente amanecí bastante adolorido, sobre todo del trasero. Curiosamente, de los brazos y del pecho estaba bastante bien. Aun así, la experiencia me gustó mucho.

Todavía no entiendo por qué el pádel tiene cierta fama en México y por qué algunas personas lo asocian con cierto tipo de sexualidad. Si alguien sabe de dónde viene ese estereotipo, que me explique, porque sinceramente no lo sé.

Lo que sí sé es que me divertí bastante. Es una actividad que definitivamente repetiría. Además, estuvo muy bien convivir con los compañeros del trabajo, hacer deporte y disfrutar de un rato de competencia sana.

En fin, eso fue todo.

Construyendo un visualizador de canales de audio de NES en un día

He creado esta pequeña aplicación web en JavaScript que simplemente reproduce los canales de audio de la música del Nintendo Entertainment System (NES).

La música del Nintendo siempre me ha parecido muy interesante porque estaba muy limitada por los recursos de aquella época. Estoy hablando de los años ochenta. Los compositores tenían que hacer música utilizando únicamente cuatro sonidos.

Estos eran dos canales de onda cuadrada, un canal de onda triangular y un canal de ruido. Me refiero a las formas digitales con las que la consola generaba sonido. También creo que existía un canal especial que permitía reproducir muestras de audio muy breves, como alguna voz o sonido grabado, aunque consumía mucho espacio de almacenamiento para los estándares de esos años.

Se me hizo interesante llevar a cabo este proyecto utilizando Codex y ChatGPT, y los resultados me parecieron impresionantes. Es algo que probablemente me hubiera tomado un mes de trabajo y terminé haciendo el primer prototipo en un día. Después vinieron el segundo y el tercero.

Fui haciendo algunas mejoras basadas en comentarios de amigos y poco a poco lo fui dejando como está ahora.

La idea general ya la tenía en la cabeza. Todos los elementos estaban conectados. Lo que necesitaba era conseguir los archivos originales de música y de algún modo proporcionarlos como contexto a ChatGPT y a Codex. Después simplemente les pedí que me mostraran en la página los cuatro canales de audio.

Había visto algo parecido en algunos videos de YouTube donde muestran los cuatro canales por separado mientras suena la música, pero yo quería agregar un reproductor donde pudieras seleccionar la pista, adelantarla, atrasarla, poner pausa y también incluir algunas funciones sencillas como marcar favoritos o compartirla con alguien más.

El producto final me agradó muchísimo. Quedó bonito y todavía puede seguir cambiando, pero creo que esta versión 0.1 ya representa bastante bien la idea original.

Y lo más curioso es que no metí ni una sola línea de código. Absolutamente nada. Todo fue tener claros los elementos en mi cabeza y explicárselos a Codex para que, a través de varias iteraciones, fuera construyendo esta pequeña aplicación.

Aquí la dejo para quienes disfrutan este tipo de cosas. Si te gusta, compártela también. ChipWave NSF Visualizer

Urbanismo, consumo y la búsqueda de lo humano

Siempre me han interesado los temas de urbanismo. Supongo que tiene que ver tanto con mi forma de pensar como con mi manera de interpretar el mundo: para mí, la dimensión social y humana siempre ha sido más importante que la económica. Y aunque esta última es relevante, no debería estar por encima de lo humano.

En ese contexto, hay un aspecto particularmente interesante en torno a los centros comerciales —los malls o plazas— como espacios urbanos contemporáneos.

Recientemente vi un documental muy interesante (lo dejo aquí embebido) que explica, con gran claridad y buenos argumentos, por qué estos centros funcionan como núcleos sociales y cómo generan dinámicas propias con un impacto significativo en la vida colectiva.

En México, adoptamos el modelo estadounidense de los malls, pero con un giro particular. El documental aborda precisamente esto: las plazas comerciales han terminado funcionando como sustitutos de los espacios públicos, aunque en realidad sean espacios privados. Esto ocurre, en gran medida, porque las condiciones en muchas ciudades del país no son adecuadas para el uso pleno del espacio público.

Los espacios públicos suelen ser deficientes en varios sentidos: seguridad, infraestructura y accesibilidad, entre otros. Frente a esto, las plazas comerciales llenan ese vacío, pero lo hacen desde la iniciativa privada. Ofrecen lugares donde se puede caminar con relativa seguridad, sin el riesgo constante de violencia, sin tener que invadir el arroyo vehicular o lidiar con infraestructura deteriorada. Todo está cuidadosamente diseñado para que las personas puedan permanecer ahí, incluso sin consumir.

Sin embargo, este fenómeno tiene implicaciones importantes. A largo plazo, estas plazas pueden vaciar otros centros urbanos tradicionales, que difícilmente pueden competir con las grandes cadenas y la oferta concentrada de un centro comercial.

Esto me lleva a una idea que constantemente me ronda la cabeza: muchas veces no estamos viendo los efectos inmediatos que estos espacios tienen en nuestra vida cotidiana ni en el desarrollo de la sociedad. Al trasladar funciones propias del espacio público a espacios privados controlados por intereses comerciales, también se desplaza la toma de decisiones colectivas sobre qué tipo de ciudad queremos y qué es lo que más beneficia a la sociedad.

En fin, el documental plantea estas cuestiones con mucha más elocuencia de la que yo podría lograr aquí en unos cuantos minutos. Vale mucho la pena verlo.

Al final, todo esto también nos recuerda algo fundamental: la importancia de las relaciones humanas. De cómo nos encontramos y convivimos con los demás. Porque hay cosas que simplemente no se pueden sustituir —no se pueden comprar en una aplicación— como un paseo, una caminata o un café compartido con alguien más.


Aprender a bailar después de 23 años

Voy a empezar hablando de mis clases de baile. La historia es un poquito larga, porque realmente empieza desde mi infancia, pasa por mi adolescencia, mi vida adulta… y llega hasta ahora.

Cuando yo era niño, finales de los 80 y principios de los 90, el rap estaba en todos lados. Era algo relativamente nuevo y muy presente. Entonces, naturalmente, mis gustos musicales se fueron hacia ese lado. Estaban artistas como MC Hammer o Vanilla Ice, y también cosas más “subterráneas” como Cypress Hill.

Y aunque mucha de esa música no era precisamente para bailar en pareja, a mí lo que me llamaba muchísimo la atención era el breakdance. Se me hacía algo extremo, muy físico, muy difícil. Ver a alguien girar, ponerse de cabeza, cambiar de dirección… todo eso me parecía impresionante. Sentía que necesitabas una habilidad extraordinaria. Y eso era justo lo que me atraía.

Entonces, entre los 8 y los 10, 11 años, eso era lo que intentaba hacer. Bailaba lo que podía: música dance, disco, lo típico de esa época. Nunca nada regional.

Luego viene esa etapa rara, como a los 11 o 12 años, donde uno empieza a cambiar. Y lo digo así, medio en broma pero medio en serio: empecé a “amargarme”. No es que realmente te amargues, pero sí empiezas a adoptar ciertas posturas para encajar en un grupo social. Empiezas a buscar identidad.

En mi caso, mis gustos se volvieron más rock, más punk, más alternativos. Entre más subterráneo, mejor. Eso te daba cierto lugar en esos círculos. Y dentro de esa lógica, bailar ya no tenía sentido. Escuchar salsa, boleros o música tradicional no encajaba. Nada de mariachi, nada de Vicente Fernández. Eso no iba con la “identidad” que estaba construyendo en ese momento. Irónicamente, esa música conecta a muchísima gente, pero yo en ese entonces no me sentía parte de ese mundo.

Y así, simplemente dejé de bailar. No porque no pudiera, sino porque dejé de intentarlo.

En la preparatoria todavía estaban las famosas “tardeadas”. Ahí, de repente, intentaba bailar… pero nunca invitaba a nadie. Me daba pena. Me daba miedo que me rechazaran. Todo ese paquete clásico de inseguridad cuando todavía estás formando tus habilidades sociales. Entonces, poco a poco, dejé de intentarlo por completo.

Después conocí a quien sería mi esposa. A ella le encantaba bailar. Pero me conoció en una etapa muy distinta de mi vida: más cerrada, más “extrema”, donde entre menos emociones mostraras, mejor encajabas en ciertos círculos. Y eso se quedó.

Durante toda la relación, el baile siempre estuvo presente… pero del lado de ella. Incluso ya casados, ella salía a bailar con amigas: salsa, cumbia, rumba. Lo disfrutaba muchísimo. Yo no. Y así pasaron 23 años.

Cuando surgió la oportunidad de movernos a Alemania por mi trabajo, le hice una promesa: que allá iba a aprender a bailar. Lo decía en serio. Estaba convencido. Pero no pasó. La rutina, el trabajo, los hijos… lo típico. No lo hice. Sin muchas vueltas: simplemente no lo hice.

Ahora, con todo el proceso de divorcio, mi vida cambió bastante. Tengo tiempo libre. Espacios en la semana donde no están mis hijos. Momentos vacíos. Y me di cuenta de algo: no puedo quedarme sin hacer nada. Siempre he necesitado hacer algo que me rete mentalmente, que me mantenga activo.

Y el baile empezó a hacer sentido desde ahí.

Empecé clases. Estoy aprendiendo bachata. Y algo que me gusta mucho es que no es solo físico, también es mental. Tienes que poner atención, coordinarte, seguir instrucciones… y además interactuar con otras personas.

La dinámica de la clase es sencilla: el profesor muestra pasos, todos lo seguimos, y luego viene la parte interesante, que es practicar en pareja. Cada 2 o 3 minutos cambias de pareja. Practicas un paso, rotas. Otro paso, otra persona.

Y ahí es donde mi cabeza empieza a trabajar.

Cada persona es distinta. Hay quienes te dejan equivocarte, son más relajadas, fluyen contigo. Y hay quienes te corrigen directamente, te acomodan el brazo o la posición, son más estructuradas. También está el tema del ritmo: hay personas con las que todo fluye, y hay otras donde, aunque ambos estén intentando lo mismo, simplemente no conecta.

Y eso me parece muy interesante.

Porque al final no es solo baile. Es una dinámica de interacción. Adaptarte a alguien nuevo cada pocos minutos, entender cómo se mueve, cómo reacciona, cómo aprende. Y eso inevitablemente te hace pensar en relaciones en general, no solo de baile.

A fin de cuentas, se trata de disfrutarlo. No es competencia. No es perfección. Es pasar un buen rato, moverte, activar la mente, convivir.

Y algo que no esperaba: salir de ahí pensando.

Pensando en las personas, en las dinámicas, en cómo fluye o no fluye algo tan simple como un paso.

Salgo contento.

Y por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy aprendiendo algo que realmente quiero seguir.

Nuevos ritmos para una nueva vida

No es novedad para muchos mi situación familiar. En pocas palabras: estoy en proceso de divorcio. Mi vida ha cambiado dramáticamente, aunque, cuando lo pienso con calma, este evento ha sido uno de los más relevantes y dolorosos de mi vida.

Tengo 46 años. La mitad de ellos los viví sin ella, y la otra mitad con ella. Dicho así, suena sencillo, pero no lo es. No es un cambio menor. Es como frenar en seco, cambiar de velocidad y modificar por completo la dinámica de la vida cotidiana. Especialmente ahora que toca vivir compartiendo la custodia de mis hijos.

Mis hijos, de alguna manera, ahora son visitantes. Ya no son esos seres presentes que estaban ahí cada vez que yo llegaba a casa; esos niños a quienes había que atender, prepararles comida, acompañar, escuchar, jugar con ellos o simplemente platicar un rato. Ahora yo soy el único habitante permanente del lugar donde vivo.

No voy a negar que me siento triste. Pero la vida continúa. A este punto llegué por mis propias decisiones, y de aquí también me voy a sacar del mismo modo.

Una de las formas en las que estoy intentando hacerlo es retomando oficialmente el aprendizaje del idioma. Es decir, asistiendo a clases dos veces por semana, dos horas cada día. A mí siempre me ha gustado dedicar las mañanas a las actividades que requieren mayor concentración, porque es cuando me siento más atento y más abierto a recibir nuevos conocimientos. Sin embargo, entre la rutina de trabajo y el ejercicio, eso no siempre es posible.

Por suerte, pude decidir tomar clases en línea y evitarme también el traslado al lugar de estudio. Así que, de 19:00 a 21:00 horas, paso ese tiempo con el profesor y otro compañero de clase.

Es curioso que haya dejado el estudio del idioma durante tanto tiempo, viviendo en Alemania. Sí, lo sé: me dormí en mis laureles. El hecho de que hubiera alguien que me resolviera esa parte hizo que relajara mis propias exigencias. Además, Berlín es una ciudad en la que, ante la menor dificultad para hablar alemán, muchas veces la conversación cambia al inglés. Incluso me ha tocado que algunas personas cambien al español, aunque parezca raro.

Con esto no quiero decir que esas hayan sido las razones por las que estoy en la situación en la que estoy. Hoy estoy más consciente que nunca de que somos arquitectos de nuestro propio destino. Mi falta de disciplina me llevó a este momento de aprendizaje acelerado, en el que necesito cumplir con ese último requisito para poder naturalizarme.

¿Y cuál es la urgencia?, se preguntarán algunos.

La respuesta es simple: quiero estar cerca de mis hijos. Quiero quitarme de encima el peso de vivir pensando que, si pierdo mi empleo; porque, por muy capaz o inteligente que uno sea, eso puede pasar, o si mis hijos llegan a la mayoría de edad y yo no tengo una razón válida para permanecer aquí, simplemente tendría que irme de este país.

Aunque tenga residencia permanente, esa idea sigue ahí. Es el tipo de pensamiento que, día tras día, te va quitando energía; energía que podrías usar en muchas otras cosas.

Así fue como llegué a este nuevo ritmo de vida. Un ritmo que, por suerte, es temporal. Una vez que complete el proceso y obtenga mis papeles del idioma, podré dedicarme con mayor calma a otras actividades.

Por ahora, en el tiempo libre que me queda, ya tengo algunas. Especialmente en lo musical.

Como muchos saben, desde hace un tiempo me entró esta obsesión por nuestra música regional mexicana. Hace unos meses hice el esfuerzo de traerme un bajo quinto desde México para tocar con un músico que ya está establecido aquí en Berlín con su agrupación norteña.

En teoría, existía una especie de invitación para que nos agrupáramos, pero pasaron al menos cuatro meses y nunca recibí tal convocatoria. Hasta esta última semana, cuando me sorprendió un mensaje suyo para grabar un bajo quinto en una canción.

Lo que me causa extrañeza es que ni siquiera he ensayado con él en persona. Lo poco que conoce de mis interpretaciones viene de los videos que publico en redes sociales sobre mis ensayos. Pero, de cualquier modo, ahí estaré si necesita mi interpretación o el sonido del bajo quinto.

Ya me compartió la melodía y debo decir que está relativamente sencilla, salvo por algunos acordes menores.

La melodía va así: G-D7, y después C-D7-G-Bm-Em. Los acordes que más trabajo me cuestan son Bm y Em. Tengo la teoría de que quizá los estoy haciendo mal, o que existen formas alternativas de tocarlos, o simplemente que me hace falta más práctica.

Así que en eso estoy: practicando. No hay de otra. Como en casi todo en la vida.

Ah, y cómo olvidar las lecciones de bachata a las que también me he animado a ir. Una o dos horas a la semana, los miércoles. Pero los detalles de eso los dejaré para otra publicación.

Se terminó un proyecto de 23 años

Después de todo este tiempo, es difícil describir lo que se siente: los vacíos que quedan, las heridas que aún duelen, las cicatrices. Media vida se me fue de las manos en un proyecto que ya estaba destinado al fracaso desde el inicio.

23 años de vivencias

23 años de dolores

23 años de gozos

23 años de logros

23 años de fracasos

Se terminó...

Y ahora solo queda voltear hacia adelante, salvar el poco tiempo de vida que me queda, vivirlo y disfrutarlo. Lo que sucedió no va a recuperarse; lo que venga de aquí en adelante está en mis manos.