Voy a empezar hablando de mis clases de baile. La historia es un poquito larga, porque realmente empieza desde mi infancia, pasa por mi adolescencia, mi vida adulta… y llega hasta ahora.
Cuando yo era niño, finales de los 80 y principios de los 90, el rap estaba en todos lados. Era algo relativamente nuevo y muy presente. Entonces, naturalmente, mis gustos musicales se fueron hacia ese lado. Estaban artistas como MC Hammer o Vanilla Ice, y también cosas más “subterráneas” como Cypress Hill.
Y aunque mucha de esa música no era precisamente para bailar en pareja, a mí lo que me llamaba muchísimo la atención era el breakdance. Se me hacía algo extremo, muy físico, muy difícil. Ver a alguien girar, ponerse de cabeza, cambiar de dirección… todo eso me parecía impresionante. Sentía que necesitabas una habilidad extraordinaria. Y eso era justo lo que me atraía.
Entonces, entre los 8 y los 10, 11 años, eso era lo que intentaba hacer. Bailaba lo que podía: música dance, disco, lo típico de esa época. Nunca nada regional.
Luego viene esa etapa rara, como a los 11 o 12 años, donde uno empieza a cambiar. Y lo digo así, medio en broma pero medio en serio: empecé a “amargarme”. No es que realmente te amargues, pero sí empiezas a adoptar ciertas posturas para encajar en un grupo social. Empiezas a buscar identidad.
En mi caso, mis gustos se volvieron más rock, más punk, más alternativos. Entre más subterráneo, mejor. Eso te daba cierto lugar en esos círculos. Y dentro de esa lógica, bailar ya no tenía sentido. Escuchar salsa, boleros o música tradicional no encajaba. Nada de mariachi, nada de Vicente Fernández. Eso no iba con la “identidad” que estaba construyendo en ese momento. Irónicamente, esa música conecta a muchísima gente, pero yo en ese entonces no me sentía parte de ese mundo.
Y así, simplemente dejé de bailar. No porque no pudiera, sino porque dejé de intentarlo.
En la preparatoria todavía estaban las famosas “tardeadas”. Ahí, de repente, intentaba bailar… pero nunca invitaba a nadie. Me daba pena. Me daba miedo que me rechazaran. Todo ese paquete clásico de inseguridad cuando todavía estás formando tus habilidades sociales. Entonces, poco a poco, dejé de intentarlo por completo.
Después conocí a quien sería mi esposa. A ella le encantaba bailar. Pero me conoció en una etapa muy distinta de mi vida: más cerrada, más “extrema”, donde entre menos emociones mostraras, mejor encajabas en ciertos círculos. Y eso se quedó.
Durante toda la relación, el baile siempre estuvo presente… pero del lado de ella. Incluso ya casados, ella salía a bailar con amigas: salsa, cumbia, rumba. Lo disfrutaba muchísimo. Yo no. Y así pasaron 23 años.
Cuando surgió la oportunidad de movernos a Alemania por mi trabajo, le hice una promesa: que allá iba a aprender a bailar. Lo decía en serio. Estaba convencido. Pero no pasó. La rutina, el trabajo, los hijos… lo típico. No lo hice. Sin muchas vueltas: simplemente no lo hice.
Ahora, con todo el proceso de divorcio, mi vida cambió bastante. Tengo tiempo libre. Espacios en la semana donde no están mis hijos. Momentos vacíos. Y me di cuenta de algo: no puedo quedarme sin hacer nada. Siempre he necesitado hacer algo que me rete mentalmente, que me mantenga activo.
Y el baile empezó a hacer sentido desde ahí.
Empecé clases. Estoy aprendiendo bachata. Y algo que me gusta mucho es que no es solo físico, también es mental. Tienes que poner atención, coordinarte, seguir instrucciones… y además interactuar con otras personas.
La dinámica de la clase es sencilla: el profesor muestra pasos, todos lo seguimos, y luego viene la parte interesante, que es practicar en pareja. Cada 2 o 3 minutos cambias de pareja. Practicas un paso, rotas. Otro paso, otra persona.
Y ahí es donde mi cabeza empieza a trabajar.
Cada persona es distinta. Hay quienes te dejan equivocarte, son más relajadas, fluyen contigo. Y hay quienes te corrigen directamente, te acomodan el brazo o la posición, son más estructuradas. También está el tema del ritmo: hay personas con las que todo fluye, y hay otras donde, aunque ambos estén intentando lo mismo, simplemente no conecta.
Y eso me parece muy interesante.
Porque al final no es solo baile. Es una dinámica de interacción. Adaptarte a alguien nuevo cada pocos minutos, entender cómo se mueve, cómo reacciona, cómo aprende. Y eso inevitablemente te hace pensar en relaciones en general, no solo de baile.
A fin de cuentas, se trata de disfrutarlo. No es competencia. No es perfección. Es pasar un buen rato, moverte, activar la mente, convivir.
Y algo que no esperaba: salir de ahí pensando.
Pensando en las personas, en las dinámicas, en cómo fluye o no fluye algo tan simple como un paso.
Salgo contento.
Y por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy aprendiendo algo que realmente quiero seguir.