A veces, cuando me vuela la cabeza por las ideas que pasan como cometas por mi mente, me detengo a pensar en los viajes. Porque uno viaja —sí, como persona— hacia otros lugares, y con cada paso que damos fuera de lo conocido, se abre una ventana al asombro… o al menos así solía ser.
El viaje, en sus inicios, era una promesa de lo desconocido. Un acto de fe, de riesgo, de curiosidad desnuda. Esa sed insaciable de descubrir lo que no se ha probado, de sentir climas nuevos, formas nuevas, curvas nuevas… Lo humano en su versión más primitiva y poderosa: el deseo de saber qué hay más allá.
Hoy, sin embargo, el viaje ha cambiado de rostro. Ya no es ese acto místico de salir al mundo con la incertidumbre colgada del alma. Hoy, el viaje se ha vuelto industria. Una industria pulida, rentable, predecible. Se llama turismo, y no siempre tiene corazón.
Pienso en quienes viajaban siglos atrás. Ciudadanos de 1700 o 1800 que partían hacia lo remoto sin saber si regresarían. Se iban con cartas, con aromas de casa guardados entre telas, con lágrimas que no sabían si serían las últimas. Volvían —si volvían— diez años después, llenos de historias, de sabores, de silencios.
Hoy, viajamos en horas. Cruzamos continentes en un parpadeo. La distancia se ha encogido tanto que ya no es distancia, es logística. Y sí, eso tiene sus ventajas: migrar sin decir adiós para siempre, saber que un boleto de avión es el único puente que nos separa de lo que extrañamos.
Pero… ¿dónde quedó el asombro?
Ese estremecimiento de pisar tierra nueva, de escuchar una lengua que no se entiende, de no saber cómo se come, cómo se saluda, cómo se ama en otro rincón del mundo.
Siento que el mundo se volvió pequeño. Tan pequeño que, a veces, ni lo miramos. Vamos a otros países y comemos lo mismo. Nos tomamos fotos frente a paisajes que no exploramos. Visitamos culturas sin escucharlas. Viajamos para decir que viajamos, no para descubrir.
Y está bien. Cada quien elige cómo y por qué moverse. Pero a mí, lo que me explota la cabeza —lo que me aprieta el pecho— es la desaparición del factor sorpresa. Ese que te hacía sentir que todo podía pasar. Ese que te empujaba a cruzar el umbral sin mapa.
Viajar, hoy, es más fácil. Más inmediato. Más cómodo. Pero a veces… también más vacío.