Dos piezas sobre la mesa

Dos piezas sobre la mesa,
sin villanos ni coronas,
sin la épica fácil del “tú” contra “yo”,
solo el crujido paciente
de un encaje que no existía.

Intentamos ser puente
con tablas de voluntad,
con clavos de promesas,
con esa fe luminosa
que traen la ilusión y la sangre
cuando todavía todo parece posible.

Hubo amor —sí—,
hubo ternura verdadera,
hubo cuidado en los gestos pequeños
y en las noches donde el mundo se callaba.
Yo sé que me amaste,
yo sé que te amé.
Eso no se desmiente
aunque se rompa el mapa.

Pero una planta no vive de deseo,
ni de buenos propósitos,
ni de la esperanza como agua prestada:
si el suelo no la sostiene,
si la raíz no encuentra casa,
se apaga sin culpa,
con una tristeza limpia,
sin sentencia.

Y nosotros, por años,
fuimos esa planta
empujando hojas hacia la luz,
agotando la energía que la mantenía en pie,
posponiendo lo estructural,
como quien barre el polvo
para no ver la grieta.

No hay ganadores.
No hay perdedores.
Solo dos formas distintas
de habitar la vida,
dos ritmos que no aprendieron
a hacer música juntos.

Hoy cierro el libro
sin rencor y sin enojo,
con la gratitud serena
de lo que fue real.
Gracias por los años,
por lo que intentamos,
por lo que nos dimos
aun en medio del ruido.

Hasta aquí llega la última página.
Este fue nuestro último aliento.
Y en el silencio que queda
no hay odio:
hay una puerta que se cierra despacio,
y la dignidad de aceptar
que a veces el amor existe
y aun así
no alcanza para quedarse.

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