Cómo una relación puede hacerte perderte a ti mismo

Escribo esto únicamente desde mi propia experiencia y desde cómo recuerdo haber vivido una etapa muy difícil de mi vida.

No intento diagnosticar a nadie, atribuir intenciones ni establecer una versión definitiva de los hechos. Tampoco pretendo resolver aquí responsabilidades personales, familiares o legales.

Solo quiero describir cómo me sentí y qué impacto tuvo esa etapa en mí.

Al principio

Al comienzo había cercanía, intensidad y la sensación de estar construyendo una relación importante.

Con el tiempo, empecé a experimentar más inseguridad dentro de la relación.

Cada vez me costaba más confiar en mis propias opiniones y decisiones.

En muchas conversaciones terminaba cuestionándome a mí mismo y preguntándome si estaba entendiendo correctamente lo que ocurría.

Empecé a perder confianza en mí mismo

Hubo comentarios y discusiones que afectaron progresivamente mi autoestima.

Empecé a sentirme inseguro sobre mi apariencia, mis decisiones y mi manera de interpretar determinadas situaciones.

Los desacuerdos del pasado aparecían con frecuencia en conversaciones posteriores, y para mí se volvió difícil sentir que los conflictos realmente quedaban atrás.

Con el paso del tiempo, desarrollé una sensación constante de estar fallando o de no estar a la altura.

Los conflictos se volvieron cada vez más difíciles

La relación fue entrando en una dinámica de discusiones intensas y un nivel de tensión que, visto con distancia, considero que ninguno de nosotros estaba gestionando de una manera saludable.

Yo también tuve reacciones de las que no me siento orgulloso.

Hubo momentos en los que no manejé adecuadamente mi frustración y mi rabia.

No escribo esto para justificar ninguna conducta propia ni ajena.

Comprender el contexto de una situación no significa eliminar la responsabilidad individual.

Perdí estabilidad emocional

Con el tiempo fui acumulando frustración, culpa, tristeza y confusión.

Cada vez me resultaba más difícil distinguir entre lo que sentía, lo que pensaba y lo que ocurría durante los conflictos.

También fui perdiendo confianza en mi capacidad para manejar determinadas situaciones.

Hoy puedo reconocer que necesitaba mejores herramientas para regular mis emociones, establecer límites y retirarme de las discusiones antes de llegar a estados de gran intensidad emocional.

Mi mundo se fue haciendo más pequeño

Durante esa etapa también me encontraba lejos de gran parte de mi red familiar y de mi país de origen.

Esa falta de apoyo cercano hizo que muchas veces procesara lo que estaba viviendo prácticamente solo.

Con menos referencias externas, empecé a cuestionarme todavía más.

Me preguntaba constantemente si estaba interpretando mal las cosas, si mis sentimientos eran razonables o si había perdido completamente la perspectiva.

Llegué a un nivel muy profundo de desesperanza

Hubo momentos en los que emocionalmente me sentí completamente agotado.

Llegué a experimentar pensamientos muy oscuros y una sensación profunda de no encontrar salida.

Hoy entiendo que llegar a ese estado era una señal de que necesitaba apoyo, distancia y ayuda, no continuar intentando resolverlo todo dentro del mismo conflicto.

Mirarlo ahora desde otra perspectiva

Con distancia, intento evitar explicaciones simples.

No quiero reducir años de relación a una sola etiqueta.

Tampoco quiero construir una historia donde una persona tenga toda la culpa y la otra ninguna.

Lo que puedo decir con seguridad es cómo me afectó aquella etapa.

Perdí confianza en mí mismo.

Me sentí cada vez más aislado.

Mi capacidad para manejar los conflictos se deterioró.

Y durante un tiempo dejé de reconocerme.

También sé que hubo decisiones y reacciones propias que necesito asumir y comprender para no repetirlas.

Lo que aprendí

Hoy intento diferenciar tres cosas que antes mezclaba constantemente:

lo que otra persona hacía, lo que yo sentía y cómo yo decidía reaccionar.

No puedo controlar las primeras dos por completo.

Sí puedo responsabilizarme de la tercera.

También he aprendido que establecer límites no consiste en conseguir que otra persona cambie.

A veces consiste simplemente en retirarse de una situación que está dejando de ser segura o saludable.

Y he aprendido que una relación puede llegar a deteriorarse tanto que continuar intentando resolver cada discusión deja de ser productivo.

En esos momentos, la prioridad debería ser reducir el conflicto, proteger a las personas involucradas y buscar apoyo externo.

Nota sobre este texto

Este escrito refleja únicamente mi experiencia subjetiva y mis recuerdos.

No pretende realizar diagnósticos psicológicos, atribuir intenciones, establecer culpabilidad ni sustituir una evaluación profesional o jurídica de los acontecimientos.

Las relaciones pueden ser complejas y dos personas pueden recordar o interpretar los mismos acontecimientos de manera diferente.

Mi objetivo al escribir esto no es acusar a otra persona.

Es intentar comprender una etapa de mi propia vida, reconocer aquello que necesito cambiar en mí y explicar el impacto emocional que tuvo sobre mí.

También considero importante reconocer que cualquier conducta intimidatoria, agresiva o violenta dentro de una relación debe tomarse seriamente, independientemente de quién la realice.

Comprender el contexto nunca debe utilizarse como justificación para causar daño.

Si una relación alcanza niveles de conflicto en los que existe miedo, pérdida de control, violencia, destrucción de objetos o pensamientos de hacerse daño, la prioridad debe ser la seguridad de todas las personas involucradas y la búsqueda de ayuda adecuada.

Escribir sobre lo ocurrido puede ayudar a entenderlo.

Aprender de ello y evitar repetir los mismos patrones es todavía más importante.

Debut en el pádel

De nuevo con una actividad nueva. Bueno, tampoco es tan novedosa, pero sí era la primera vez que la intentaba. Unos compañeros del trabajo me invitaron a jugar pádel. Había escuchado mucho sobre este deporte, aunque para mí sigue siendo relativamente nuevo; creo que hace apenas dos o tres años fue cuando supe que existía.

Fuimos un lunes muy temprano por la mañana. Todo esto fue después del partido de México, que por cierto, según me contaron, jugaron muy bien. El partido era a las tres de la mañana, así que preferí no desvelarme viéndolo para poder levantarme temprano e ir a jugar.

Quedamos de vernos con algunos compañeros del trabajo en las canchas de pádel que están debajo de la Estación Central. Estuvimos jugando un buen rato y la verdad es que me sorprendió lo divertido que es.

El juego es muy ágil. No necesitas correr tanto como en el frontenis, pero tampoco requiere tanta técnica como el tenis. Siento que está en un punto medio entre ambos deportes. Tiene rebotes, diferentes tipos de golpes y, al jugar con paredes, comparte varios elementos con el frontón. En total jugamos unos cuatro partidos y la pasamos muy bien.

Eso sí, al día siguiente amanecí bastante adolorido, sobre todo del trasero. Curiosamente, de los brazos y del pecho estaba bastante bien. Aun así, la experiencia me gustó mucho.

Todavía no entiendo por qué el pádel tiene cierta fama en México y por qué algunas personas lo asocian con cierto tipo de sexualidad. Si alguien sabe de dónde viene ese estereotipo, que me explique, porque sinceramente no lo sé.

Lo que sí sé es que me divertí bastante. Es una actividad que definitivamente repetiría. Además, estuvo muy bien convivir con los compañeros del trabajo, hacer deporte y disfrutar de un rato de competencia sana.

En fin, eso fue todo.

Construyendo un visualizador de canales de audio de NES en un día

He creado esta pequeña aplicación web en JavaScript que simplemente reproduce los canales de audio de la música del Nintendo Entertainment System (NES).

La música del Nintendo siempre me ha parecido muy interesante porque estaba muy limitada por los recursos de aquella época. Estoy hablando de los años ochenta. Los compositores tenían que hacer música utilizando únicamente cuatro sonidos.

Estos eran dos canales de onda cuadrada, un canal de onda triangular y un canal de ruido. Me refiero a las formas digitales con las que la consola generaba sonido. También creo que existía un canal especial que permitía reproducir muestras de audio muy breves, como alguna voz o sonido grabado, aunque consumía mucho espacio de almacenamiento para los estándares de esos años.

Se me hizo interesante llevar a cabo este proyecto utilizando Codex y ChatGPT, y los resultados me parecieron impresionantes. Es algo que probablemente me hubiera tomado un mes de trabajo y terminé haciendo el primer prototipo en un día. Después vinieron el segundo y el tercero.

Fui haciendo algunas mejoras basadas en comentarios de amigos y poco a poco lo fui dejando como está ahora.

La idea general ya la tenía en la cabeza. Todos los elementos estaban conectados. Lo que necesitaba era conseguir los archivos originales de música y de algún modo proporcionarlos como contexto a ChatGPT y a Codex. Después simplemente les pedí que me mostraran en la página los cuatro canales de audio.

Había visto algo parecido en algunos videos de YouTube donde muestran los cuatro canales por separado mientras suena la música, pero yo quería agregar un reproductor donde pudieras seleccionar la pista, adelantarla, atrasarla, poner pausa y también incluir algunas funciones sencillas como marcar favoritos o compartirla con alguien más.

El producto final me agradó muchísimo. Quedó bonito y todavía puede seguir cambiando, pero creo que esta versión 0.1 ya representa bastante bien la idea original.

Y lo más curioso es que no metí ni una sola línea de código. Absolutamente nada. Todo fue tener claros los elementos en mi cabeza y explicárselos a Codex para que, a través de varias iteraciones, fuera construyendo esta pequeña aplicación.

Aquí la dejo para quienes disfrutan este tipo de cosas. Si te gusta, compártela también. ChipWave NSF Visualizer

Urbanismo, consumo y la búsqueda de lo humano

Siempre me han interesado los temas de urbanismo. Supongo que tiene que ver tanto con mi forma de pensar como con mi manera de interpretar el mundo: para mí, la dimensión social y humana siempre ha sido más importante que la económica. Y aunque esta última es relevante, no debería estar por encima de lo humano.

En ese contexto, hay un aspecto particularmente interesante en torno a los centros comerciales —los malls o plazas— como espacios urbanos contemporáneos.

Recientemente vi un documental muy interesante (lo dejo aquí embebido) que explica, con gran claridad y buenos argumentos, por qué estos centros funcionan como núcleos sociales y cómo generan dinámicas propias con un impacto significativo en la vida colectiva.

En México, adoptamos el modelo estadounidense de los malls, pero con un giro particular. El documental aborda precisamente esto: las plazas comerciales han terminado funcionando como sustitutos de los espacios públicos, aunque en realidad sean espacios privados. Esto ocurre, en gran medida, porque las condiciones en muchas ciudades del país no son adecuadas para el uso pleno del espacio público.

Los espacios públicos suelen ser deficientes en varios sentidos: seguridad, infraestructura y accesibilidad, entre otros. Frente a esto, las plazas comerciales llenan ese vacío, pero lo hacen desde la iniciativa privada. Ofrecen lugares donde se puede caminar con relativa seguridad, sin el riesgo constante de violencia, sin tener que invadir el arroyo vehicular o lidiar con infraestructura deteriorada. Todo está cuidadosamente diseñado para que las personas puedan permanecer ahí, incluso sin consumir.

Sin embargo, este fenómeno tiene implicaciones importantes. A largo plazo, estas plazas pueden vaciar otros centros urbanos tradicionales, que difícilmente pueden competir con las grandes cadenas y la oferta concentrada de un centro comercial.

Esto me lleva a una idea que constantemente me ronda la cabeza: muchas veces no estamos viendo los efectos inmediatos que estos espacios tienen en nuestra vida cotidiana ni en el desarrollo de la sociedad. Al trasladar funciones propias del espacio público a espacios privados controlados por intereses comerciales, también se desplaza la toma de decisiones colectivas sobre qué tipo de ciudad queremos y qué es lo que más beneficia a la sociedad.

En fin, el documental plantea estas cuestiones con mucha más elocuencia de la que yo podría lograr aquí en unos cuantos minutos. Vale mucho la pena verlo.

Al final, todo esto también nos recuerda algo fundamental: la importancia de las relaciones humanas. De cómo nos encontramos y convivimos con los demás. Porque hay cosas que simplemente no se pueden sustituir —no se pueden comprar en una aplicación— como un paseo, una caminata o un café compartido con alguien más.


Aprender a bailar después de 23 años

Voy a empezar hablando de mis clases de baile. La historia es un poquito larga, porque realmente empieza desde mi infancia, pasa por mi adolescencia, mi vida adulta… y llega hasta ahora.

Cuando yo era niño, finales de los 80 y principios de los 90, el rap estaba en todos lados. Era algo relativamente nuevo y muy presente. Entonces, naturalmente, mis gustos musicales se fueron hacia ese lado. Estaban artistas como MC Hammer o Vanilla Ice, y también cosas más “subterráneas” como Cypress Hill.

Y aunque mucha de esa música no era precisamente para bailar en pareja, a mí lo que me llamaba muchísimo la atención era el breakdance. Se me hacía algo extremo, muy físico, muy difícil. Ver a alguien girar, ponerse de cabeza, cambiar de dirección… todo eso me parecía impresionante. Sentía que necesitabas una habilidad extraordinaria. Y eso era justo lo que me atraía.

Entonces, entre los 8 y los 10, 11 años, eso era lo que intentaba hacer. Bailaba lo que podía: música dance, disco, lo típico de esa época. Nunca nada regional.

Luego viene esa etapa rara, como a los 11 o 12 años, donde uno empieza a cambiar. Y lo digo así, medio en broma pero medio en serio: empecé a “amargarme”. No es que realmente te amargues, pero sí empiezas a adoptar ciertas posturas para encajar en un grupo social. Empiezas a buscar identidad.

En mi caso, mis gustos se volvieron más rock, más punk, más alternativos. Entre más subterráneo, mejor. Eso te daba cierto lugar en esos círculos. Y dentro de esa lógica, bailar ya no tenía sentido. Escuchar salsa, boleros o música tradicional no encajaba. Nada de mariachi, nada de Vicente Fernández. Eso no iba con la “identidad” que estaba construyendo en ese momento. Irónicamente, esa música conecta a muchísima gente, pero yo en ese entonces no me sentía parte de ese mundo.

Y así, simplemente dejé de bailar. No porque no pudiera, sino porque dejé de intentarlo.

En la preparatoria todavía estaban las famosas “tardeadas”. Ahí, de repente, intentaba bailar… pero nunca invitaba a nadie. Me daba pena. Me daba miedo que me rechazaran. Todo ese paquete clásico de inseguridad cuando todavía estás formando tus habilidades sociales. Entonces, poco a poco, dejé de intentarlo por completo.

Después conocí a quien sería mi esposa. A ella le encantaba bailar. Pero me conoció en una etapa muy distinta de mi vida: más cerrada, más “extrema”, donde entre menos emociones mostraras, mejor encajabas en ciertos círculos. Y eso se quedó.

Durante toda la relación, el baile siempre estuvo presente… pero del lado de ella. Incluso ya casados, ella salía a bailar con amigas: salsa, cumbia, rumba. Lo disfrutaba muchísimo. Yo no. Y así pasaron 23 años.

Cuando surgió la oportunidad de movernos a Alemania por mi trabajo, le hice una promesa: que allá iba a aprender a bailar. Lo decía en serio. Estaba convencido. Pero no pasó. La rutina, el trabajo, los hijos… lo típico. No lo hice. Sin muchas vueltas: simplemente no lo hice.

Ahora, con todo el proceso de divorcio, mi vida cambió bastante. Tengo tiempo libre. Espacios en la semana donde no están mis hijos. Momentos vacíos. Y me di cuenta de algo: no puedo quedarme sin hacer nada. Siempre he necesitado hacer algo que me rete mentalmente, que me mantenga activo.

Y el baile empezó a hacer sentido desde ahí.

Empecé clases. Estoy aprendiendo bachata. Y algo que me gusta mucho es que no es solo físico, también es mental. Tienes que poner atención, coordinarte, seguir instrucciones… y además interactuar con otras personas.

La dinámica de la clase es sencilla: el profesor muestra pasos, todos lo seguimos, y luego viene la parte interesante, que es practicar en pareja. Cada 2 o 3 minutos cambias de pareja. Practicas un paso, rotas. Otro paso, otra persona.

Y ahí es donde mi cabeza empieza a trabajar.

Cada persona es distinta. Hay quienes te dejan equivocarte, son más relajadas, fluyen contigo. Y hay quienes te corrigen directamente, te acomodan el brazo o la posición, son más estructuradas. También está el tema del ritmo: hay personas con las que todo fluye, y hay otras donde, aunque ambos estén intentando lo mismo, simplemente no conecta.

Y eso me parece muy interesante.

Porque al final no es solo baile. Es una dinámica de interacción. Adaptarte a alguien nuevo cada pocos minutos, entender cómo se mueve, cómo reacciona, cómo aprende. Y eso inevitablemente te hace pensar en relaciones en general, no solo de baile.

A fin de cuentas, se trata de disfrutarlo. No es competencia. No es perfección. Es pasar un buen rato, moverte, activar la mente, convivir.

Y algo que no esperaba: salir de ahí pensando.

Pensando en las personas, en las dinámicas, en cómo fluye o no fluye algo tan simple como un paso.

Salgo contento.

Y por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy aprendiendo algo que realmente quiero seguir.

Nuevos ritmos para una nueva vida

No es novedad para muchos mi situación familiar. En pocas palabras: estoy en proceso de divorcio. Mi vida ha cambiado dramáticamente, aunque, cuando lo pienso con calma, este evento ha sido uno de los más relevantes y dolorosos de mi vida.

Tengo 46 años. La mitad de ellos los viví sin ella, y la otra mitad con ella. Dicho así, suena sencillo, pero no lo es. No es un cambio menor. Es como frenar en seco, cambiar de velocidad y modificar por completo la dinámica de la vida cotidiana. Especialmente ahora que toca vivir compartiendo la custodia de mis hijos.

Mis hijos, de alguna manera, ahora son visitantes. Ya no son esos seres presentes que estaban ahí cada vez que yo llegaba a casa; esos niños a quienes había que atender, prepararles comida, acompañar, escuchar, jugar con ellos o simplemente platicar un rato. Ahora yo soy el único habitante permanente del lugar donde vivo.

No voy a negar que me siento triste. Pero la vida continúa. A este punto llegué por mis propias decisiones, y de aquí también me voy a sacar del mismo modo.

Una de las formas en las que estoy intentando hacerlo es retomando oficialmente el aprendizaje del idioma. Es decir, asistiendo a clases dos veces por semana, dos horas cada día. A mí siempre me ha gustado dedicar las mañanas a las actividades que requieren mayor concentración, porque es cuando me siento más atento y más abierto a recibir nuevos conocimientos. Sin embargo, entre la rutina de trabajo y el ejercicio, eso no siempre es posible.

Por suerte, pude decidir tomar clases en línea y evitarme también el traslado al lugar de estudio. Así que, de 19:00 a 21:00 horas, paso ese tiempo con el profesor y otro compañero de clase.

Es curioso que haya dejado el estudio del idioma durante tanto tiempo, viviendo en Alemania. Sí, lo sé: me dormí en mis laureles. El hecho de que hubiera alguien que me resolviera esa parte hizo que relajara mis propias exigencias. Además, Berlín es una ciudad en la que, ante la menor dificultad para hablar alemán, muchas veces la conversación cambia al inglés. Incluso me ha tocado que algunas personas cambien al español, aunque parezca raro.

Con esto no quiero decir que esas hayan sido las razones por las que estoy en la situación en la que estoy. Hoy estoy más consciente que nunca de que somos arquitectos de nuestro propio destino. Mi falta de disciplina me llevó a este momento de aprendizaje acelerado, en el que necesito cumplir con ese último requisito para poder naturalizarme.

¿Y cuál es la urgencia?, se preguntarán algunos.

La respuesta es simple: quiero estar cerca de mis hijos. Quiero quitarme de encima el peso de vivir pensando que, si pierdo mi empleo; porque, por muy capaz o inteligente que uno sea, eso puede pasar, o si mis hijos llegan a la mayoría de edad y yo no tengo una razón válida para permanecer aquí, simplemente tendría que irme de este país.

Aunque tenga residencia permanente, esa idea sigue ahí. Es el tipo de pensamiento que, día tras día, te va quitando energía; energía que podrías usar en muchas otras cosas.

Así fue como llegué a este nuevo ritmo de vida. Un ritmo que, por suerte, es temporal. Una vez que complete el proceso y obtenga mis papeles del idioma, podré dedicarme con mayor calma a otras actividades.

Por ahora, en el tiempo libre que me queda, ya tengo algunas. Especialmente en lo musical.

Como muchos saben, desde hace un tiempo me entró esta obsesión por nuestra música regional mexicana. Hace unos meses hice el esfuerzo de traerme un bajo quinto desde México para tocar con un músico que ya está establecido aquí en Berlín con su agrupación norteña.

En teoría, existía una especie de invitación para que nos agrupáramos, pero pasaron al menos cuatro meses y nunca recibí tal convocatoria. Hasta esta última semana, cuando me sorprendió un mensaje suyo para grabar un bajo quinto en una canción.

Lo que me causa extrañeza es que ni siquiera he ensayado con él en persona. Lo poco que conoce de mis interpretaciones viene de los videos que publico en redes sociales sobre mis ensayos. Pero, de cualquier modo, ahí estaré si necesita mi interpretación o el sonido del bajo quinto.

Ya me compartió la melodía y debo decir que está relativamente sencilla, salvo por algunos acordes menores.

La melodía va así: G-D7, y después C-D7-G-Bm-Em. Los acordes que más trabajo me cuestan son Bm y Em. Tengo la teoría de que quizá los estoy haciendo mal, o que existen formas alternativas de tocarlos, o simplemente que me hace falta más práctica.

Así que en eso estoy: practicando. No hay de otra. Como en casi todo en la vida.

Ah, y cómo olvidar las lecciones de bachata a las que también me he animado a ir. Una o dos horas a la semana, los miércoles. Pero los detalles de eso los dejaré para otra publicación.

Se terminó un proyecto de 23 años

Después de todo este tiempo, es difícil describir lo que se siente: los vacíos que quedan, las heridas que aún duelen, las cicatrices. Media vida se me fue de las manos en un proyecto que ya estaba destinado al fracaso desde el inicio.

23 años de vivencias

23 años de dolores

23 años de gozos

23 años de logros

23 años de fracasos

Se terminó...

Y ahora solo queda voltear hacia adelante, salvar el poco tiempo de vida que me queda, vivirlo y disfrutarlo. Lo que sucedió no va a recuperarse; lo que venga de aquí en adelante está en mis manos.

Mientras todo encuentra su lugar

Hace tiempo que este blog dejó de ser el lugar al que venía a desbordarme. Hubo una época en que escribir en internet se parecía a abrir una ventana: dejar pasar la voz, el pensamiento, las preguntas que todavía no tenían forma. En aquellos años, un espacio así era también una manera de acompañarse a uno mismo.

Aun así, de vez en cuando regreso. Vuelvo a estas líneas como quien vuelve a una habitación antigua: no para quedarse en ella, sino para encender una luz y reconocer lo que el tiempo ha dejado. Durante más de dos décadas, este sitio ha sido testigo silencioso de mis cambios, de las estaciones que me han atravesado, de todo aquello que, de una forma u otra, me ha ido transformando.

Cuando miro hacia atrás, encuentro versiones de mí que apenas reconozco. No me resultan extrañas, pero sí lejanas, como si hubieran vivido bajo otra luz. Y, sin embargo, sé que fui ese. Sé que cada etapa dejó una marca, una enseñanza, una forma distinta de entender el mundo. Vivir, al final, también consiste en aprender a convivir con esas transformaciones.

Hay momentos que no hacen ruido hacia afuera, pero por dentro lo mueven todo. Etapas que obligan a detenerse, a mirar con más cuidado, a aceptar que incluso lo más conocido cambia de forma. Este es uno de esos momentos. No hace falta nombrarlo demasiado para sentir su peso.

Escribir aquí no busca explicar ni justificar nada. Tampoco busca señalar a nadie. Es, más bien, una forma de darle cauce a lo que a veces queda suspendido por dentro: pensamientos que no encuentran sitio, emociones que no siempre saben cómo decirse, silencios que también necesitan una orilla. A veces, poner palabras sobre la página no aclara el camino, pero sí vuelve más habitable el tránsito.

Con los años, uno entiende que la vida está hecha de ciclos: aperturas y cierres, certezas que duran poco, preguntas que permanecen más de lo esperado. También aprende que no todo cambio debe convertirse en relato completo. Hay procesos que se honran mejor desde la reserva, desde una intimidad serena, desde ese espacio donde las cosas todavía están encontrando su forma.

Quizá por eso escribo hoy: no para ofrecer respuestas, sino para dejar constancia de un movimiento interior. De una pausa. De una transición. De ese instante en que algo termina de acomodarse mientras otra cosa, todavía sin nombre, empieza a nacer.

Y si algo he aprendido en el paso del tiempo, es que incluso en medio de la incertidumbre hay una forma de claridad: la de seguir adelante con honestidad, con paciencia, y con la disposición de escuchar lo que la vida va diciendo a su manera, casi siempre en voz baja.

Dos piezas sobre la mesa

Dos piezas sobre la mesa,
sin villanos ni coronas,
sin la épica fácil del “tú” contra “yo”,
solo el crujido paciente
de un encaje que no existía.

Intentamos ser puente
con tablas de voluntad,
con clavos de promesas,
con esa fe luminosa
que traen la ilusión y la sangre
cuando todavía todo parece posible.

Hubo amor —sí—,
hubo ternura verdadera,
hubo cuidado en los gestos pequeños
y en las noches donde el mundo se callaba.
Yo sé que me amaste,
yo sé que te amé.
Eso no se desmiente
aunque se rompa el mapa.

Pero una planta no vive de deseo,
ni de buenos propósitos,
ni de la esperanza como agua prestada:
si el suelo no la sostiene,
si la raíz no encuentra casa,
se apaga sin culpa,
con una tristeza limpia,
sin sentencia.

Y nosotros, por años,
fuimos esa planta
empujando hojas hacia la luz,
agotando la energía que la mantenía en pie,
posponiendo lo estructural,
como quien barre el polvo
para no ver la grieta.

No hay ganadores.
No hay perdedores.
Solo dos formas distintas
de habitar la vida,
dos ritmos que no aprendieron
a hacer música juntos.

Hoy cierro el libro
sin rencor y sin enojo,
con la gratitud serena
de lo que fue real.
Gracias por los años,
por lo que intentamos,
por lo que nos dimos
aun en medio del ruido.

Hasta aquí llega la última página.
Este fue nuestro último aliento.
Y en el silencio que queda
no hay odio:
hay una puerta que se cierra despacio,
y la dignidad de aceptar
que a veces el amor existe
y aun así
no alcanza para quedarse.

El que busca calor

Hay viajes que no empiezan en el mapa,

sino en el frío que se instala en el pecho.


Hay casas con todas las ventanas cerradas

aunque las luces sigan encendidas.


Hay voces que hablan fuerte

pero no dicen el nombre de uno.


Hay brazos que se abren al mundo entero

y se olvidan del cuerpo que duermen a su lado.


Hay pasos que suenan como un grito

y nadie pregunta qué duele.


Hay hombres que un día fueron trueno,

y en silencio se convierten en sombra,

solo para no molestar al relámpago.


Hay quien intenta un baile

y descubre que el suelo también juzga.


Hay corazones que se quedan a vivir

donde jamás los han invitado.


Y hay una verdad que se guarda como última defensa:


el fuego que arde para calentar a todos,

también merece una llama que lo abrace.

El viaje y el fin del asombro

A veces, cuando me vuela la cabeza por las ideas que pasan como cometas por mi mente, me detengo a pensar en los viajes. Porque uno viaja —sí, como persona— hacia otros lugares, y con cada paso que damos fuera de lo conocido, se abre una ventana al asombro… o al menos así solía ser.

El viaje, en sus inicios, era una promesa de lo desconocido. Un acto de fe, de riesgo, de curiosidad desnuda. Esa sed insaciable de descubrir lo que no se ha probado, de sentir climas nuevos, formas nuevas, curvas nuevas… Lo humano en su versión más primitiva y poderosa: el deseo de saber qué hay más allá.

Hoy, sin embargo, el viaje ha cambiado de rostro. Ya no es ese acto místico de salir al mundo con la incertidumbre colgada del alma. Hoy, el viaje se ha vuelto industria. Una industria pulida, rentable, predecible. Se llama turismo, y no siempre tiene corazón.

Pienso en quienes viajaban siglos atrás. Ciudadanos de 1700 o 1800 que partían hacia lo remoto sin saber si regresarían. Se iban con cartas, con aromas de casa guardados entre telas, con lágrimas que no sabían si serían las últimas. Volvían —si volvían— diez años después, llenos de historias, de sabores, de silencios.

Hoy, viajamos en horas. Cruzamos continentes en un parpadeo. La distancia se ha encogido tanto que ya no es distancia, es logística. Y sí, eso tiene sus ventajas: migrar sin decir adiós para siempre, saber que un boleto de avión es el único puente que nos separa de lo que extrañamos.

Pero… ¿dónde quedó el asombro?

Ese estremecimiento de pisar tierra nueva, de escuchar una lengua que no se entiende, de no saber cómo se come, cómo se saluda, cómo se ama en otro rincón del mundo.

Siento que el mundo se volvió pequeño. Tan pequeño que, a veces, ni lo miramos. Vamos a otros países y comemos lo mismo. Nos tomamos fotos frente a paisajes que no exploramos. Visitamos culturas sin escucharlas. Viajamos para decir que viajamos, no para descubrir.

Y está bien. Cada quien elige cómo y por qué moverse. Pero a mí, lo que me explota la cabeza —lo que me aprieta el pecho— es la desaparición del factor sorpresa. Ese que te hacía sentir que todo podía pasar. Ese que te empujaba a cruzar el umbral sin mapa.

Viajar, hoy, es más fácil. Más inmediato. Más cómodo. Pero a veces… también más vacío.

Hace años muchos años que no corría un medio maratón. El pasado 6 de Abril lo hice y acompañado

Tenía miedo, no había corrido fondos desde hace un tiempo, also así de mas de 10 años. Mi entrenamiento fué de escasas tres semanas y mi distancia más larga fue de 14kms previo al evento. Ni que decir de que el cuerpo no es el mismo a los 35 que a los 45. Sin embargo y a pesar de mis limitaciones mentales se logró correr el medio maratón de Berlin. Clima fabuloso no tan frío, buena organización, suficiente hidratación y bebidas a lo largo del recorrido. Solo los primeros 10km que la pasé buscando un baño por que mi vejiga estaba llena y el resto pude disfrutarlo. 


 




Me puse a pensar en esto

Estaba reflexionando, así de repente, sobre algo que me ha venido rondando la cabeza. Pensaba en lo que ha pasado en estos años, en lo que me ha tocado vivir. Yo nací en 1979, y desde esa época hasta ahora he notado algo que no deja de llamarme la atención.

Hubo una generación antes de la mía —la de los 60’s y 70’s— que tuvo unos movimientos antitodo muy fuertes. Era gente que iba contra todo lo establecido, que cuestionaba el sistema con fuerza, con ganas, con música, con ideas. Y yo, en mis 45 años de vida, no he visto que eso se repita. O al menos esa es la impresión que tengo.

Pienso, por ejemplo, en esa ola musical que surgió en los 60’s, con los Beatles, con Frank Zappa, con toda esa vibra hippie que tenía un mensaje claro: esto que hay no nos gusta, y vamos a decirlo. Todo era contracultura, era hacerle frente a lo que estaba impuesto.

Después vinieron otras ondas, como el punk o el heavy metal, que también traían esa carga de rabia, de inconformidad. Y sí, el metal ahí quedó, pero ahora es casi música de viejitos. El punk también se quedó como algo de gente ya grande. Se volvió parte del pasado.

Y de ahí en adelante, no he sentido que haya habido nada así. He tratado de hacer memoria, de recordar si en algún momento apareció una nueva ola musical con ese mismo espíritu de rebeldía, de ir contra el status quo… y no, no me viene nada a la cabeza. No ha pasado, o por lo menos yo no lo he visto.

Y me pregunto si tal vez me perdí de algo. Si hubo algún otro movimiento y simplemente no lo vi. Pero no lo creo. Esos movimientos culturales y sociales ya fueron. No espero que vuelvan ni que sean iguales, pero lo que me llama la atención es que no hubo nada que llegara a reemplazarlos.

El Último Aletazo de la Mariposa (o eso espero)

Solo a mí se me ocurre, o me arriesgo, a tomar esas aventuras que parecen sacadas de un mal guión cinematográfico. Toda la avalancha de sucesos que ha tenido el deshacerme de esa propiedad en México ha sido un efecto mariposa en los últimos meses, del cual espero que este haya sido el último aletazo.

Me remitiré a relatar el último aletazo de la mariposa: la misión, habilitar el token digital de mi banco; el reto, registrar mis biométricos en el banco. Para tal efecto, tuve que hacer un viaje de 10,000 kilómetros al otro lado del mundo para lograrlo.

Todo iba bien el día del registro de biométricos y el token digital. Misión cumplida. Pero, oh, sorpresa: en el camino de regreso me deparaba algo que jamás pasó por mi mente. Tomé el vuelo GDL-MTY sin problemas y dormí en el aeropuerto, en algún piso, con mi súper colchón inflable de acampar.

A estas alturas omitiré mencionar los detalles de por qué ya iba 5000% cansado, y aún faltaba aventura por recorrer.

Continuando con el relato, tomé el vuelo MTY-Miami, desembarqué sin problemas y esperé mi último vuelo, el que me llevaría a mi hogar, al lugar de la buena cerveza, el pan delicioso y el delicioso invierno. Eso último del invierno, por supuesto, era sarcasmo.

Pasé a hacer el check-in en la aerolínea y... oh, oh, señal roja.

Asistente: —Señor, su pasaporte expira en menos de tres meses, por lo que no puede abordar este vuelo.

Aquí es donde comienza lo bueno:

Emerson: —Pero si tengo un permiso de residencia.
Asistente: —Sí, pero su pasaporte expira en menos de tres meses, y no es posible que usted viaje a su destino si este requisito no se cumple.
Emerson: —¡Pero ya he entrado a mi destino con ese mismo pasaporte! Es más, viajé de la UE hacia los EE. UU. con el mismo y me permitieron viajar.
Asistente: —Permítame ir con mi supervisora.

Me pidió mi pasaporte y lo llevó con su supervisora. Ambas empezaron a ver los detalles a lo lejos y a dialogar algo al respecto. Me acerqué a la asistente y su supervisora.

Asistente: —No puede abordar el vuelo ya que su pasaporte expira en menos de tres meses.
Emerson: —Pero si he usado este mismo pasaporte para abordar desde la UE a los Estados Unidos.
Asistente: —Lo siento, pero no se puede. Envíe un correo a soporte de nuestra aerolínea, ya que no hay servicio telefónico, y exponga su caso.

En ese momento busqué ayuda de muchos lados. Era domingo y todos dormían del otro lado del mundo. Liss me apoyó en contactar a la embajada de México, ya que yo no podía hacer mucho, pues estaba con comunicación limitada, sin datos móviles y con la Wi-Fi del aeropuerto que expiraba cada 30 minutos.

Resultó que terminé comprando un vuelo para volver a México y renovar mi pasaporte de urgencia. Cosa que tampoco tuvo éxito, ya que hay que hacer un pago de derechos en el banco, y, oh, casualidad: los bancos no abren los domingos.

Jugué mi última carta: intentar comprar un vuelo directo desde CDMX hacia Frankfurt.

Era muy temprano del domingo en CDMX y tuve que trasladarme de la Terminal 2 hacia la Terminal 1. No llevaba ningún pase de abordar; ahí iba a comprar un nuevo vuelo. Tampoco traía ningún peso mexicano en mi bolsa.


Emerson: —¿Cómo puedo llegar a la terminal 1?
Información: —Si tiene su pase de abordar, puede tomar el tren que lo lleva.
Emerson: —Oh, pero no tengo pase de abordar, apenas iré a comprar mi vuelo.
Información: —Entonces tome el autobús rojo que está aquí afuera del aeropuerto, le cuesta 25 pesos.
Emerson: —Gracias.


Me dirigí entonces a las casas de cambio a deshacerme de las monedas que traía y conseguir esos 25 MXN.

Emerson: —¿Me cambia estos euros, por favor?
Cajera: —Es solo a partir de 100 euros.
Emerson: —Gracias.

Fui a otra casa de cambio.

Emerson: —¿Me cambia estos euros, por favor?
Cajera: —Sí, se los tomo, pero a 15 pesos.

Sentí cómo me reventaba una vena cerebral en ese momento, pero acepté.

Emerson: —Está bien, cambie estas monedas.


Finalmente llegué a la Terminal 1, con toda la ansiedad y nerviosismo de saber si estaba abierta la aerolínea y si me venderían el boleto. Al llegar noté que estaba cerrado y pregunté cuándo abrirían. Lo harían hasta la tarde, como a las 3 PM, así que tuve que deambular por el aeropuerto durante varias horas.

Con una impaciencia que me hacía ver el reloj cada 30 segundos, reflexioné sobre lo horrible que es el sentimiento de no poder estar en tu hogar, lejos de tus seres queridos. Fue una probadita de ese sufrimiento.


Finalmente llegó la hora. Pasé al mostrador para solicitar un boleto directo a Frankfurt.

Los asistentes me comentaron lo de la expiración de mi pasaporte, y les expliqué que tenía un permiso de residencia. Uno de ellos mencionó que podían venderme el boleto, pero que si el sistema no les permitía emitir el pase de abordar, no podrían hacer nada respecto al reembolso.

Internamente sabía que cualquier compra de vuelo es reembolsable si se realiza en las 24 horas siguientes, así que no me preocupé.

Después de varias llamadas telefónicas, algunos malentendidos y precios desajustados, finalmente lograron emitir mi boleto. Cuando me entregaron el pase de abordar, sentí un EUREKA absoluto.

Quería besar a todos. En verdad quería llorar. Bueno, sí lloré un poco, y no me importó.

El resto del viaje no es relevante. Pude volver a mi destino y estar en donde quería quedarme.

No fueron los 20s ni los 30s ni siquiera los 40s. El 45 si me impresiona

 Hoy es mi cumpleaños número 45. Así es:

  • 45 vueltas al sol
  • 45 veranos
  • 45 13 de Noviembre
Tiempo más que suficiente para aprender que los objetivos de vida nunca suceden del modo que uno quisiera. Es más nunca imaginé como sería mi vida a los 45 años y si me hubieran dicho como iba a ser pensaría que se trataba de una película de ciencia ficción. 

En este punto de la vida con 45 años destacaría que, la vida nos sorprende con cambios que, muchas veces, no controlamos. Nos encanta la idea de vivir en un mundo romántico, pero la realidad es que la vida rara vez se ajusta a ese ideal. El contexto siempre cuenta, y nos enseña que actuar en el momento adecuado es esencial. Con el tiempo, uno nota que la salud es como un ahorro: tarde o temprano vemos si hemos invertido bien o no.

Todo cambia, y nuestras relaciones también evolucionan, en lo familiar y en lo amistoso. Entender que el apego puede frenar nuestro crecimiento. Además, nos damos cuenta de que, para algunos, nuestros errores pesan más que nuestros aciertos.

A partir de los 40, cada año se siente un poco más, y mi memoria ya no es lo que era. A veces pienso que estábamos mejor sin tanta digitalización, sin tantas pantallas. Lo que realmente importa, ahora lo veo más claro, son las personas, las conexiones que construimos.

La vida también me ha mostrado que no podemos avanzar mientras frenamos a la vez; ese desgaste no vale la pena. Y lo más importante: hay que dejar ir los pesos que no son nuestros.


El legado de Cristina Pacheco. Gracias por presentar el auténtico México

Sé que han pasado algunos meses desde que la gran presentadora Cristina Pacheco falleció, y sin embargo, aún siento que hay cosas sobre su trabajo al exponer la vida del mexicano de a pie que me hacen reflexionar.

Ahora que he estado fuera de México durante al menos seis años, paso muchas ocasiones viendo sus videos. Cuando me preguntan cómo es mi país, no dudo en pensar que Cristina presenta el auténtico México con su gente y sus costumbres. Si sigues este blog, sabes que hace algunos meses publiqué uno de sus videos que está realizado en los años 80.

Como muchos personajes públicos de mis tiempos de infancia, se le va a extrañar mucho. Son finales de muchas eras y vienen otras eras más.