Se terminó un proyecto de 23 años

Después de todo este tiempo, es difícil describir lo que se siente: los vacíos que quedan, las heridas que aún duelen, las cicatrices. Media vida se me fue de las manos en un proyecto que ya estaba destinado al fracaso desde el inicio.

23 años de vivencias

23 años de dolores

23 años de gozos

23 años de logros

23 años de fracasos

Se terminó...

Y ahora solo queda voltear hacia adelante, salvar el poco tiempo de vida que me queda, vivirlo y disfrutarlo. Lo que sucedió no va a recuperarse; lo que venga de aquí en adelante está en mis manos.

Mientras todo encuentra su lugar

Hace tiempo que este blog dejó de ser el lugar al que venía a desbordarme. Hubo una época en que escribir en internet se parecía a abrir una ventana: dejar pasar la voz, el pensamiento, las preguntas que todavía no tenían forma. En aquellos años, un espacio así era también una manera de acompañarse a uno mismo.

Aun así, de vez en cuando regreso. Vuelvo a estas líneas como quien vuelve a una habitación antigua: no para quedarse en ella, sino para encender una luz y reconocer lo que el tiempo ha dejado. Durante más de dos décadas, este sitio ha sido testigo silencioso de mis cambios, de las estaciones que me han atravesado, de todo aquello que, de una forma u otra, me ha ido transformando.

Cuando miro hacia atrás, encuentro versiones de mí que apenas reconozco. No me resultan extrañas, pero sí lejanas, como si hubieran vivido bajo otra luz. Y, sin embargo, sé que fui ese. Sé que cada etapa dejó una marca, una enseñanza, una forma distinta de entender el mundo. Vivir, al final, también consiste en aprender a convivir con esas transformaciones.

Hay momentos que no hacen ruido hacia afuera, pero por dentro lo mueven todo. Etapas que obligan a detenerse, a mirar con más cuidado, a aceptar que incluso lo más conocido cambia de forma. Este es uno de esos momentos. No hace falta nombrarlo demasiado para sentir su peso.

Escribir aquí no busca explicar ni justificar nada. Tampoco busca señalar a nadie. Es, más bien, una forma de darle cauce a lo que a veces queda suspendido por dentro: pensamientos que no encuentran sitio, emociones que no siempre saben cómo decirse, silencios que también necesitan una orilla. A veces, poner palabras sobre la página no aclara el camino, pero sí vuelve más habitable el tránsito.

Con los años, uno entiende que la vida está hecha de ciclos: aperturas y cierres, certezas que duran poco, preguntas que permanecen más de lo esperado. También aprende que no todo cambio debe convertirse en relato completo. Hay procesos que se honran mejor desde la reserva, desde una intimidad serena, desde ese espacio donde las cosas todavía están encontrando su forma.

Quizá por eso escribo hoy: no para ofrecer respuestas, sino para dejar constancia de un movimiento interior. De una pausa. De una transición. De ese instante en que algo termina de acomodarse mientras otra cosa, todavía sin nombre, empieza a nacer.

Y si algo he aprendido en el paso del tiempo, es que incluso en medio de la incertidumbre hay una forma de claridad: la de seguir adelante con honestidad, con paciencia, y con la disposición de escuchar lo que la vida va diciendo a su manera, casi siempre en voz baja.

Dos piezas sobre la mesa

Dos piezas sobre la mesa,
sin villanos ni coronas,
sin la épica fácil del “tú” contra “yo”,
solo el crujido paciente
de un encaje que no existía.

Intentamos ser puente
con tablas de voluntad,
con clavos de promesas,
con esa fe luminosa
que traen la ilusión y la sangre
cuando todavía todo parece posible.

Hubo amor —sí—,
hubo ternura verdadera,
hubo cuidado en los gestos pequeños
y en las noches donde el mundo se callaba.
Yo sé que me amaste,
yo sé que te amé.
Eso no se desmiente
aunque se rompa el mapa.

Pero una planta no vive de deseo,
ni de buenos propósitos,
ni de la esperanza como agua prestada:
si el suelo no la sostiene,
si la raíz no encuentra casa,
se apaga sin culpa,
con una tristeza limpia,
sin sentencia.

Y nosotros, por años,
fuimos esa planta
empujando hojas hacia la luz,
agotando la energía que la mantenía en pie,
posponiendo lo estructural,
como quien barre el polvo
para no ver la grieta.

No hay ganadores.
No hay perdedores.
Solo dos formas distintas
de habitar la vida,
dos ritmos que no aprendieron
a hacer música juntos.

Hoy cierro el libro
sin rencor y sin enojo,
con la gratitud serena
de lo que fue real.
Gracias por los años,
por lo que intentamos,
por lo que nos dimos
aun en medio del ruido.

Hasta aquí llega la última página.
Este fue nuestro último aliento.
Y en el silencio que queda
no hay odio:
hay una puerta que se cierra despacio,
y la dignidad de aceptar
que a veces el amor existe
y aun así
no alcanza para quedarse.

El que busca calor

Hay viajes que no empiezan en el mapa,

sino en el frío que se instala en el pecho.


Hay casas con todas las ventanas cerradas

aunque las luces sigan encendidas.


Hay voces que hablan fuerte

pero no dicen el nombre de uno.


Hay brazos que se abren al mundo entero

y se olvidan del cuerpo que duermen a su lado.


Hay pasos que suenan como un grito

y nadie pregunta qué duele.


Hay hombres que un día fueron trueno,

y en silencio se convierten en sombra,

solo para no molestar al relámpago.


Hay quien intenta un baile

y descubre que el suelo también juzga.


Hay corazones que se quedan a vivir

donde jamás los han invitado.


Y hay una verdad que se guarda como última defensa:


el fuego que arde para calentar a todos,

también merece una llama que lo abrace.

El viaje y el fin del asombro

A veces, cuando me vuela la cabeza por las ideas que pasan como cometas por mi mente, me detengo a pensar en los viajes. Porque uno viaja —sí, como persona— hacia otros lugares, y con cada paso que damos fuera de lo conocido, se abre una ventana al asombro… o al menos así solía ser.

El viaje, en sus inicios, era una promesa de lo desconocido. Un acto de fe, de riesgo, de curiosidad desnuda. Esa sed insaciable de descubrir lo que no se ha probado, de sentir climas nuevos, formas nuevas, curvas nuevas… Lo humano en su versión más primitiva y poderosa: el deseo de saber qué hay más allá.

Hoy, sin embargo, el viaje ha cambiado de rostro. Ya no es ese acto místico de salir al mundo con la incertidumbre colgada del alma. Hoy, el viaje se ha vuelto industria. Una industria pulida, rentable, predecible. Se llama turismo, y no siempre tiene corazón.

Pienso en quienes viajaban siglos atrás. Ciudadanos de 1700 o 1800 que partían hacia lo remoto sin saber si regresarían. Se iban con cartas, con aromas de casa guardados entre telas, con lágrimas que no sabían si serían las últimas. Volvían —si volvían— diez años después, llenos de historias, de sabores, de silencios.

Hoy, viajamos en horas. Cruzamos continentes en un parpadeo. La distancia se ha encogido tanto que ya no es distancia, es logística. Y sí, eso tiene sus ventajas: migrar sin decir adiós para siempre, saber que un boleto de avión es el único puente que nos separa de lo que extrañamos.

Pero… ¿dónde quedó el asombro?

Ese estremecimiento de pisar tierra nueva, de escuchar una lengua que no se entiende, de no saber cómo se come, cómo se saluda, cómo se ama en otro rincón del mundo.

Siento que el mundo se volvió pequeño. Tan pequeño que, a veces, ni lo miramos. Vamos a otros países y comemos lo mismo. Nos tomamos fotos frente a paisajes que no exploramos. Visitamos culturas sin escucharlas. Viajamos para decir que viajamos, no para descubrir.

Y está bien. Cada quien elige cómo y por qué moverse. Pero a mí, lo que me explota la cabeza —lo que me aprieta el pecho— es la desaparición del factor sorpresa. Ese que te hacía sentir que todo podía pasar. Ese que te empujaba a cruzar el umbral sin mapa.

Viajar, hoy, es más fácil. Más inmediato. Más cómodo. Pero a veces… también más vacío.

Hace años muchos años que no corría un medio maratón. El pasado 6 de Abril lo hice y acompañado

Tenía miedo, no había corrido fondos desde hace un tiempo, also así de mas de 10 años. Mi entrenamiento fué de escasas tres semanas y mi distancia más larga fue de 14kms previo al evento. Ni que decir de que el cuerpo no es el mismo a los 35 que a los 45. Sin embargo y a pesar de mis limitaciones mentales se logró correr el medio maratón de Berlin. Clima fabuloso no tan frío, buena organización, suficiente hidratación y bebidas a lo largo del recorrido. Solo los primeros 10km que la pasé buscando un baño por que mi vejiga estaba llena y el resto pude disfrutarlo. 


 




Me puse a pensar en esto

Estaba reflexionando, así de repente, sobre algo que me ha venido rondando la cabeza. Pensaba en lo que ha pasado en estos años, en lo que me ha tocado vivir. Yo nací en 1979, y desde esa época hasta ahora he notado algo que no deja de llamarme la atención.

Hubo una generación antes de la mía —la de los 60’s y 70’s— que tuvo unos movimientos antitodo muy fuertes. Era gente que iba contra todo lo establecido, que cuestionaba el sistema con fuerza, con ganas, con música, con ideas. Y yo, en mis 45 años de vida, no he visto que eso se repita. O al menos esa es la impresión que tengo.

Pienso, por ejemplo, en esa ola musical que surgió en los 60’s, con los Beatles, con Frank Zappa, con toda esa vibra hippie que tenía un mensaje claro: esto que hay no nos gusta, y vamos a decirlo. Todo era contracultura, era hacerle frente a lo que estaba impuesto.

Después vinieron otras ondas, como el punk o el heavy metal, que también traían esa carga de rabia, de inconformidad. Y sí, el metal ahí quedó, pero ahora es casi música de viejitos. El punk también se quedó como algo de gente ya grande. Se volvió parte del pasado.

Y de ahí en adelante, no he sentido que haya habido nada así. He tratado de hacer memoria, de recordar si en algún momento apareció una nueva ola musical con ese mismo espíritu de rebeldía, de ir contra el status quo… y no, no me viene nada a la cabeza. No ha pasado, o por lo menos yo no lo he visto.

Y me pregunto si tal vez me perdí de algo. Si hubo algún otro movimiento y simplemente no lo vi. Pero no lo creo. Esos movimientos culturales y sociales ya fueron. No espero que vuelvan ni que sean iguales, pero lo que me llama la atención es que no hubo nada que llegara a reemplazarlos.